Mujeres inversoras: la brecha de género que el ahorro no explica
¿Existen las mujeres inversoras o el dinero que ganan termina siempre en ladrillo, joyas y viajes? El tópico reaparece cada vez que se habla de
ahorro en España y esta vez lo ha hecho con especial crudeza: la tesis de que ellas no invierten —y de que las pocas que amasan patrimonio lo dilapidan en consumo— ha vuelto a encender un pulso sobre la
brecha de género en el mercado. En el hilo se da por hecho que la presencia femenina en
renta variable es minoritaria, pero sobran ejemplos de lo contrario. Negocios propios, carteras de dividendos y casas pagadas a los 23 sin ayuda de nadie.
El tópico: ellas gastan, ellos invierten
La posición más dura sostiene que la mujer, por regla general, no invierte y que su relación con el dinero es puramente de gasto: «Obtengo dinero, gasto dinero. Así hacen ellas», resume el planteamiento que abrió la discusión. A partir de ahí, el argumento se endurece: que si en los círculos de inversión solo hay buscavidas a la caza de un
buen partido, que si las que heredan un gran patrimonio lo dilapidan, que si el único negocio que entienden es otro. Varias de esas intervenciones no aportan un solo dato: son
generalizaciones sin respaldo lanzadas como si fueran axiomas.
Buena parte de la discusión va directamente al insulto, y esa es, quizá, la mejor pista sobre lo que ocurre. Cuando un colectivo se define por lo que no sabe hacer, queda poco margen para discutir cifras. Otras voces, sin embargo, entran con más cuidado y recuerdan que el gasto desmedido no es patrimonio de un solo sexo.
¿Por qué hay menos mujeres inversoras?
La explicación que más peso tiene en la conversación no es biológica sino histórica: como recuerda una forera, hasta hace unas cuatro décadas en España una mujer necesitaba autorización del padre o del marido para tener cuenta bancaria. Sobre esas raíces se construyó, según varias participantes, una exclusión que llega hasta hoy.
A eso se suma el
riesgo como variable percibida. «No les gusta el riesgo», zanja una de las ideas más repetidas. Pero la misma conversación se encarga de matizarlo: hay quien recuerda a mujeres que llevan años metiendo dinero en el
IBEX cada mañana, y otras que se han formado a fondo en inmuebles, dividendos o arte.
Mujeres que sí invierten: hoteles, dividendos y una academia a los 23
Los contraejemplos que aparecen son más concretos que los prejuicios. Una de las historias más detalladas describe a una inversora que se dedicaba a la
compraventa de hoteles, tenía cartera de dividendos en alimentación y transporte de mercancías y una empresa de viajes para mayores. «El día que parara, se moriría», decía; se retiró y vivió dos años más. Otra arranca con una mujer que a los 23 años había abierto una academia de inglés, la mantenía con cinco años de actividad y compraba su
casa de 120 metros en Alicante. Sin ayuda de un hombre, recalca.
También aparecen inversoras en arte, con cuadros de pintores que en su día eran promesas y hoy cotizan, y una autónoma que describe con precisión la cartera que montaría si tuviera capital: indexados, materias primas, farmacéuticas y ladrillo. Y una inversora que corrige el vocabulario de un plumazo: «La bolsa no es un juego, se dice invertir». Detrás de cada caso hay una lección incómoda: el problema casi nunca es la falta de ganas, sino la falta de dinero disponible.
La aversión al riesgo no nace, se aprende
El caso más citado para explicar la brecha es el de una mujer que pidió ayuda para montar una cartera indexada al estilo
Bogle, se convenció, invirtió y liquidó todo en cuanto vio un 3% de beneficio. La anécdota sirve para caricaturizar el miedo a la bolsa, pero también demuestra que un acercamiento a los mercados sin una cultura financiera previa puede acabar en
salida precipitada. El patrón de entrar tarde y salir pronto no entiende de género.
Durante años, el acceso de la mujer a las áreas técnicas y financieras estuvo cerrado por la puerta de atrás: «no era cosa de chicas», recuerda el hilo. No es una característica de nacimiento; es una costumbre heredada, sostienen varias participantes.
El relato de las herederas: Inditex y El Corte Inglés
El argumento más agrio llega cuando se habla de patrimonio heredado. Hay quien sostiene que las grandes fortunas familiares gestionadas por mujeres se dilapidan y pone sobre la mesa los casos de Inditex y El Corte Inglés. Sobre la primera se afirma que el deterioro coincide con el relevo en la cúpula —la salida de
Pablo Isla y la llegada de una nueva dirección con un discurso más corporativo—, aunque atribuir el comportamiento de un gigante textil a una sola persona es una simplificación.
Al final, la pregunta de partida —si existe la mujer inversora— tiene una respuesta sencilla. Existe. Lo que escasea, y no solo entre ellas, es el dinero libre para ponerlo a trabajar.