El rojo del mapa del calor ya no impresiona a nadie
¿De qué color se pinta una ola de calor que ya no asusta a nadie? El mapa que ilustraba la llegada de las anomalías térmicas de mayo —con subidas de hasta
+12 grados en zonas del oeste peninsular y avisos de 42 o 43 grados en el sur, según el meteorólogo Mario Picazo— desató una cascada de comentarios sobre algo que no era la temperatura: el código de colores. La escala roja de AEMET, esa que un día fue la señal de alarma máxima, se ha convertido en el paisaje habitual de cada primavera. Y cuando el semáforo se queda sin colores, alguien propone pasar al negro.
Qué significa el rojo del mapa y por qué ya no asusta
El primer problema es de lectura. El mapa no mostraba temperaturas absolutas, sino
anomalías respecto a una referencia, con una escala que va de -5,5 a +10 grados. Ahí está el malentendido que varios lectores señalaron: una variación de diez grados se pinta con el color más intenso, y a partir de ahí la escala se aclara para volver a oscurecerse, un diseño que calificaron de «sensacionalista». La confusión entre anomalía y termómetro es la raíz de casi todas las discusiones.
A eso se suma el efecto de la repetición. Cada verano, cada primavera, el mapa se tiñe de rojo y el titular se repite.
El rojo ya no impacta, resumía un comentario que proponía subir la apuesta: calaveras, lenguas de lava engullendo a gente. La ironía era el punto. Si el color máximo se activa cada temporada, deja de ser una señal y se convierte en decorado.
La anomalía de +12 grados y el aviso de 42º en el sur
Los datos concretos que circularon apuntaban a
anomalías positivas de hasta +12 grados en zonas del oeste peninsular durante lo que restaba de semana, y a máximas que podrían alcanzar los 42 o 43 grados en el sur. La fecha importaba: faltaban unas cuatro semanas para el solsticio de verano, y el sol ocupa en el cielo la misma posición que ocupará cuatro semanas después. Sin entrada de aire frío del norte, el calor era previsible.
La discrepancia llegó por otro lado. Frente al mapa de anomalías, el mapa de avisos por temperaturas de AEMET para el viernes mostraba un panorama menos apocalíptico. Dos representaciones oficiales del mismo fenómeno, con lecturas opuestas. Ahí se instaló la sospecha: ¿se elige la escala según el efecto que se busca?
El mapa de embalses y la sequía que no aparece en el titular
El calor fue el titular, pero el dato de fondo era otro. La discusión derivó hacia la sequía:
el invierno y la primavera más secos y calurosos desde que hay registros, con medio país sin una gota. Los datos de embalses se citaron como prueba. El calor, en ese marco, era el síntoma visible de un problema hídrico que no genera titulares de portada.
Hay quien sostiene que el foco en la temperatura es una forma de no hablar de la gestión del agua. En contra pesa el argumento de que ambas cosas van juntas: menos lluvia y más calor son el mismo fenómeno medido de dos maneras. El resultado es una discusión que empieza en un color y termina en los pantanos.
El negacionismo, el alarmismo y el negocio del relato
La conversación derivó, como casi siempre, al marco. Una corriente sostiene que el
alarmismo climático es una herramienta fiscal: ola de calor, ola de impuestos. Otra responde que negar el calor equivale a negar cualquier evidencia incómoda. Y una tercera, la más incómoda para todos, señala que el problema no es el mapa, sino
quién lo pinta y para qué: si el mismo fenómeno se puede ilustrar con dos escalas distintas, la escala es una decisión editorial, no un dato.
El meteorólogo Mario Picazo, autor del tuit que abrió el asunto, quedó en medio del fuego cruzado. Su mensaje original —anomalías de +12 grados, 42 o 43 en el sur— era una predicción, no una afirmación de lo ocurrido. La discusión, sin embargo, se montó sobre lo que el mapa parecía decir, no sobre lo que decía.
Al final, la pregunta que queda no es de qué color pintar 45 grados. Es qué pasa cuando el color que un día significó alarma se convierte en el fondo de pantalla de cada mayo. La respuesta, por ahora, es que alguien propondrá el negro. Y que el año que viene, el negro tampoco impresionará a nadie.