Vivienda: el motor de la sociedad española está gripado y sin recambio
Un ingeniero con 30 años y un buen salario vive con sus padres. No porque le guste, sino porque no hay ni alquiler asequible ni opción de compra. Este no es un caso extremo: es la norma generacional. Y el diagnóstico va más allá de la vivienda: es el motor de la sociedad que se para.
Los datos del debate muestran una brecha insaldable. Mientras se construyen menos de 200.000 viviendas al año, la demanda se dispara con la llegada de entre 500.000 y un millón de nuevos residentes anuales. Aunque una parte tenga poder adquisitivo, la masa joven queda fuera. La ventana 2012-2018, con dinero barato y precios corregidos tras la burbuja, fue un espejismo para los que entonces no tenían edad. Los menores de 32 años se quedaron sin la oportunidad que sí tuvieron una minoría.
El parche del alquiler ya no existe
Durante años se pivotó al alquiler como solución temporal. Pero el mercado tambalea. La historia del casero Pepe Langosto –con dos pisos de distinta calidad– ilustra la dinámica perversa: el piso reformado del centro pasó de 1.100 euros en 2019 a 1.800 euros; el de la periferia subió de 700 a 1.200. Sin oferta alternativa, el inquilino no tiene poder de negociación. «Para un piso hay 50 interesados, parece un sorteo», resume uno de los análisis.
Pero algunos señalan que 2,5 millones de viviendas están vacías según el Ministerio. La pega: están en pueblos sin trabajo, servicios ni futuro. «Nadie quiere vivir en Carrascal de Bárregas, por mucho campo de golf que tenga», ironiza un participante. La movilidad geográfica es un lujo cuando el trabajo está en Madrid o Barcelona y el alquiler se come el 60% del salario.
El lastre para la natalidad y el consumo
La falta de vivienda no es un problema aislado. Es el cuello de botella que frena la natalidad, el consumo y la movilidad laboral. Hay casos documentados de funcionarios que renuncian a plazas en grandes ciudades porque no pueden pagar un techo. El gasto en vivienda absorbe cualquier ahorro, y el proyecto de vida se difumina. «¿Qué le dices a un chaval ingeniero? ¿Que herede cuando tenga 70 años?». La resignación se convierte en abandono.
¿Crisis o reset?
La visión más pesimista augura un colapso social: «Se viene la progenitora de todas las crisis, y no va a haber rescate, sino guerra y reset». Otros creen que el sistema está diseñado así: la mayoría propietaria (80% de familias) no tiene incentivos para cambiar las reglas. La clase política, con inversiones inmobiliarias, tampoco. Mientras, la caldera social acumula presión.
El dato que descoloca: la rentabilidad de un piso ronda el 2,4% anual, apenas por encima de la inflación. No es un chollo para el pequeño inversor. El verdadero negocio está en el movimiento: vender, comprar, subdividir, especular con suelo. Y en esperar que la próxima generación herede… si puede.