España gana el Mundial y despide al seleccionador campeón
Ganar un Mundial es, en el fútbol femenino español, la vía más rápida conocida para quedarse sin banquillo. Jorge Vilda llevó a la selección hasta el título y salió destituido poco después. El detonante, según el relato que más se repite, no fue el juego ni el resultado: fue haber
aplaudido a Rubiales en la asamblea donde el entonces presidente de la Federación se negó a dimitir. El relevo ya tiene nombre: Montse Tomé.
Hay una paradoja que casi nadie discute. Vilda sobrevivió a un motín de
quince internacionales que pidieron su cese, rehízo el grupo con las que se quedaron y ganó. Y se fue igual. Los hechos están a la vista; el motivo, en disputa.
El aplauso, la retractación y la palabra deslealtad
El cargo más repetido contra el entrenador no es deportivo, es moral: un día aplaudió al presidente y al siguiente tomó distancia para no caer con él. Esa secuencia se ha bautizado directamente como
puñalada por la espalda. La deslealtad pesa más que el Mundial en casi todas las versiones del enfado, y eso incluye a gente que nunca defendió a Rubiales.
Existe una defensa igual de simple. Con una renovación sobre la mesa —
500.000 euros al año durante dos temporadas más, según el relato que circula—, qué se supone que debía hacer el entrenador. Aceptar y callar. Lo llamativo no es quién le defiende, sino que el reproche dominante no llega de los partidarios del expresidente, sino de quienes consideran que el seleccionador se plegó al aparato justo cuando el aparato ya se hundía. Quedó sin puesto y sin el relato de la coherencia.
¿Por qué destituyen a Vilda y nombran a Montse Tomé?
La lectura que más ruido hace es la opuesta: la comparación difundida en redes según la cual la nueva seleccionadora también aplaudió a Rubiales en aquella asamblea. Si el aplauso condenaba a uno, no se entiende que absuelva a la otra. De ahí sale la acusación más extendida: que el cese responde a un criterio de identidad y no a los méritos. El contragolpe es inmediato: Vilda tenía contrato, un título y una Federación que ya le había salvado la cabeza una vez.
El finiquito: ni dimisión ni salida gratis
Vilda no dimitió, y eso se lee en clave económica. Al no presentar la renuncia mantiene el derecho a reclamar el finiquito completo o una indemnización pactada, y hay quien calcula que la cifra resultante es cualquier cosa menos simbólica.
Se sostiene que los servicios jurídicos de la Federación habrían advertido de que su reclamación no saldría adelante, mientras los abogados del entrenador opinarían lo contrario. También se apunta a una salida negociada antes de llegar a los tribunales, y a que el anuncio se demoró hasta que la Federación se aseguró de que no habría demanda por lo prometido en el púlpito de aquella asamblea. El desenlace sigue abierto: acuerdo o juzgado.
Las quince firmantes y las doce campeonas
El segundo frente es puramente aritmético. Hay quien sostiene que, si vuelven las quince que forzaron el pulso,
doce campeonas del mundo se quedarían sin convocatoria. Cada lista es un conflicto potencial y cada partido perdido, una excusa menos. Nadie ha explicado todavía cómo se gestiona ese vestuario sin romperlo, y los precedentes no ayudan: también se recuerda el caso de otros seleccionadores campeones apartados sin miramientos.
La escena que muchos anticipan es la de una derrota que reabra la guerra interna. La que otros esperan es la contraria: que el equipo gane y el asunto se apague solo.
La igualdad salarial y de dónde sale el dinero
El trasfondo es la equiparación de salarios con la selección masculina. La pregunta incómoda que se repite no es si es justa, sino de dónde saldrían los ingresos: estadios con entradas discretas, audiencias televisivas bajas y patrocinios que responden más a la agenda del momento que al retorno comercial. Con el escándalo encima, añaden, ese argumento se debilita.
Hay incluso quien ha pasado de la queja a la acción y se ha puesto a escribir a marcas patrocinadoras para presionar por la vía comercial. Otros defienden directamente fusionar ambas selecciones en una sola. Todas son salidas malas para quien tenga que firmar los cheques.
El cierre del asunto no lo va a decidir un despido
Queda un entrenador campeón del mundo sin haber dimitido y con el currículum intacto, una seleccionadora que hereda un vestuario en tensión y una afición que sigue sin saber si aplaudir o mirar hacia otro lado. Con un Mundial en la vitrina y un despido en el expediente, ¿cuánto tarda el fútbol femenino español en dejar de ser una pelea interna?