Eric Finch
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El saqueo de Barcelona
27/10/2026Ignacia De Pano-Vozpópuli
- Cientos de jóvenes se lanzaron a la calle con inmensos deseos de destruir la sociedad que los ha acogido
La tarde del sábado transcurría con absoluta normalidad en la parte alta de Barcelona. En esta ciudad de barrios homogéneos en los que los vecinos de unos y otros no se mezclan, los grupos de amigos que tomaban algo en las terrazas de las calles de Diagonal arriba solo podían enterarse de que la Plaza de Cataluña había sido tomada por grupos de jovencísimos encapuchados si consultaban las noticias en su teléfono móvil.
Y no es porque no estuvieran acostumbrados a las algaradas callejeras después de tantos años de gestión procesista: esta es una tierra que oscila entre la extrema prudencia pequeño burguesa y los brotes espontáneos de furia irracional. Pero esta vez la violencia era de un género distinto, importado. Tanto los participantes en los saqueos, jóvenes en su mayoría, como los presuntos motivos que les servían de coartada, la hipotética lucha por una educación de calidad, podían ser perfectamente los protagonistas de las batallas urbanas de las últimas semanas en Francia.
No había esteladas ni familias venidas de comarcas con sus correspondientes chavalotes hiperventilados dispuestos a quemar contenedores. Barcelona era simplemente el escenario más conveniente por la laxitud de sus gobernantes para una insurrección callejera al mismo tiempo simple y compleja. Simple, porque los jóvenes que arrasaron con todo a su paso se dedicaban exclusivamente al pillaje. Compleja, porque ese pillaje fue organizado por mentes pensantes de las que aún nos queda mucho por descubrir.
La herencia de Colau
Convocados por redes sociales, los jóvenes ladrones se lanzaron a la calle con inmensos deseos de destruir la sociedad que los ha acogido. A pedrada limpia contra los escaparates de cristal de las tiendas, se grababan a sí mismos en pleno delirio mientras robaban electrónica de última generación o los últimos modelos de deportivas. Il sacco de Barcelona, unido al sacco de Milán o el de Francia. Fue en Barcelona porque en esta ciudad hace mucho tiempo que no se respeta la legalidad.En la etapa de Ada Colau al frente del ayuntamiento la tranquilidad mudó de bando. Estaban, y están, mucho más seguros los okupas que los propietarios o los rateros que los ciudadanos que sufren los asaltos y los robos. Los derechos son todos de los delincuentes mientras los dueños de un pequeño comercio que, por poner un ejemplo, tengan el rótulo de su establecimiento solo en español, sufren en sus carnes todo el peso de la ley. El mundo al revés. El culpable de todo es el propietario del piso, el turista que deja su dinero en la ciudad, el pequeño comerciante que abre cada día la persiana. Y los derechos son todos de una parte de la inmi gración recibida que resulta depredadora y hostil y que, a modo de superestructura sobrevenida, busca la destrucción de aquello que la atrajo en el primer momento y la hizo venir hasta aquí.
La violencia sale gratis
La ola de violencia callejera -me niego a llamar a lo que sucedió el sábado manifestación- ocurrió en Barcelona porque en esta ciudad, a diferencia de otras, sale casi gratis. Porque es, desde hace décadas, el punto de encuentro de grupos que practican la insurrección callejera y porque se benefician de la mansa aceptación que una parte nada desdeñable de la población hace de la violencia, justificándola y excusándola. Barcelona es, usando el concepto acuñado por el profesor canadiense Gad Saad, la capital de la empatía suicida.No es extraño entonces que, en esta espiral de autodestrucción, nos encontremos con muchachas universitarias de clase media alta que abogan en videos que se viralizan en las redes sociales por quemar la Sagrada Familia, si con ello se consigue un clima de caos que lleve a la revolución. Hasta en eso, si es que se creen que esta idea se les ha ocurrido a ellos por primera vez, esta generación adanista se equivoca. No hay prácticamente iglesia barcelonesa que no fuera destruida en los años terribles de nuestra guerra civil.
Apenas se atisban soluciones sencillas a problemas complejos, pero debería empezarse por el restablecimiento de la ley y el orden, por el respeto a la propiedad privada, por acabar con el garantismo a veces excesivo de nuestro sistema jurídico penal. Hay que investigar quién convocó las algaradas y hacer que los participantes convertidos en ladrones sufran las consecuencias de sus actos. Y después, solo después, habrá tiempo de ponerse con las filigranas analíticas. Es hora de terminar por fin con la empatía suicida.
