Sin piso en propiedad y sin pensión: el pronóstico es la calle
¿Qué le espera a quien cumpla 70 años sin una vivienda pagada a su nombre? La respuesta que circula es tan directa como incómoda: la calle. El razonamiento se apoya en dos premisas que se dan casi por hechas. Primera: las pensiones contributivas tal y como se conocen se estrecharán hasta exigir 60 años cotizados y una jubilación a los 75. Segunda: la prestación que quede —no contributiva, de 500 a 600 euros— no dará ni para alquiler, ni para hipoteca, ni para comprar carne y pescado con regularidad. Con esas cuentas,
el techo en propiedad deja de ser una inversión y pasa a ser la única red bajo los pies.
La pensión que viene: no contributiva y de 500 a 600 euros
El punto de partida es el sistema de reparto. Se sostiene que el requisito de cotización se estirará hasta
60 años —una cifra que casi nadie alcanza— y que la edad de jubilación se irá a los 75. Las pensiones altas, las de 3.000 euros, quedarían como pieza de museo:
langostas, en la jerga del asunto. En ese escenario, el Estado no dejaría a millones de mayores rebuscando en los contenedores; repartiría una prestación asistencial mínima. El objetivo no sería el bienestar, sino contener el conflicto social. El problema es que con esa miseria no se paga ni una habitación del mercado libre, y el mercado no entiende de caridad.
¿Cuánta vivienda va a sobrar en España?
La segunda pata del pronóstico es demográfica. Una parte del análisis sostiene que la caída de la natalidad, con familias de un hijo o ninguno, dejará en dos o tres décadas un parque de viviendas sin demanda suficiente para sostener los precios. Hay quien añade que el relevo migratorio tampoco bastará para llenar los pisos vacíos. Y un detalle jurídico que casi nadie mira: las casas sin herederos legales terminan en manos del Estado.
Sobra vivienda, falta gente con nómina para pagarla. De ahí a que el ladrillo pierda su aura de refugio seguro hay un trecho, pero el argumento se sostiene solo.
Pisos de 30.000 euros y un hospital a pocos kilómetros
Frente al pánico, una receta más modesta: para la vejez basta un piso o una casita en un pueblo barato. Como no hay que ir a trabajar, con un supermercado cerca y un centro de atención primaria a pocos kilómetros se cubre lo esencial. Hay
ciudades pequeñas con viviendas a 30.000 o 40.000 euros, Teruel o Soria entre las citadas, que además cuentan con hospital. El obstáculo no es el precio, es el ahorro: con sueldos bajos y poca costumbre de guardar, reunir esa cantidad en efectivo se antoja complicado. Circula un cálculo que hace la
cuenta hacia atrás —una pareja que gane 1.200 euros cada uno y aparte 300 al mes, unos 1.800 al año— y concluye que en menos de diez años se juntan los 30.000. Los supuestos del desglose completo admiten discusión, pero el ejercicio sirve para medir cuánto margen hace falta antes de que la vida real se coma el resto.
La trampa de la propiedad vieja: derramas y pisos de 1970
Tener casa no garantiza nada si la casa tiene cincuenta años y el edificio se resiente. Quien compró a los 30 un piso levantado en 1970 se jubilará viviendo en un inmueble de más de un siglo, con calidades de plan de vivienda antiguo y derramas que llegan todas juntas. No hace falta irse muy lejos para ver el riesgo:
200 viviendas dañadas por las obras de una línea de metro y solo 23 familias realojadas. La propiedad, en según qué coordenadas, es una promesa con fecha de caducidad estructural.
Herencia universal y el miedo a perder la casa
Recorre estas conversaciones un temor distinto: que no haga falta que nadie te quite la vivienda, que sea el propio marco público el que empuje a cederla. Se advierte de propuestas de
herencia universal que reconducirían lo que hasta ahora pasaba a los herederos. Lo que los padres levantaron con esfuerzo, se dice, ya no sería para los hijos. Conviene tratar el aviso con distancia: la letra pequeña de ese tipo de iniciativas dista mucho del titular. Pero con el titular basta para que mucha gente decida no vender jamás el piso familiar.
¿Por qué se recomienda no vender el zulo heredado?
Porque, según esta corriente, la moneda no aguanta. Con una inflación sostenida,
los ahorros y las inversiones pierden su función: los papeles valdrán tan poco que no servirán para comprar un techo. De ahí el consejo que se repite: quien herede un
zulo, aunque esté en un pueblo perdido, que no lo cambie por dinero; cuatro paredes a su nombre son la única garantía. Hay quien lo lleva más lejos y presume de ahorrar 12.000 euros en lo que va de año con siete nóminas y dividendos, con la casa ya pagada. No todo el mundo firma el pronóstico: la objeción más repetida es que a 20 o 30 años vista solo cabe especular, porque no se sabe qué guerras, catástrofes o giros políticos hay por medio, y casi todos acabarán heredando algo.
Total: el que no tenga piso morirá en la calle y el que lo tenga también se morirá. Lo único que cambia es el código postal del último día. Entre tanto, la discusión sigue donde empezó: si conviene blindar el ladrillo o si el ladrillo blindó a una generación y condenó a la siguiente.