Todo lo que me gusta lo paga otro: la economía del gratis
Prometer cosas gratis da poder y da votos, resume el participante que abre el hilo. La discusión económica de estos días no gira sobre si el gratis existe —hay quien sostiene que no existe—, sino sobre quién acaba firmando la factura y por qué ese truco sigue funcionando. El que promete cobra en votos; el que paga, casi nunca relaciona el recibo con la promesa. Y el que se da cuenta, cambia de bando.
Qué queda gratis en la cesta de la vida cotidiana
Pasear. Respirar. Y poco más, sostiene la lectura más pesimista del panorama actual. Todo lo demás se paga, de forma directa o indirecta: suscripciones que se renuevan solas, cuotas, letras que no acaban. La sensación de que apenas queda nada gratuito no es nostalgia, es una
suscripción permanente a la vida moderna.
Un participante recuerda que no hace mucho, para andar por la calle y respirar al aire libre, había que comprar
una mascarilla. No es una metáfora: era un pago para hacer lo más elemental. Con ese precedente, que alguien pida que sea el Estado el que lo pague ya no suena a excentricidad.
El corolario es sencillo: si el gratis no sale del aire, sale del bolsillo de otro. La enumeración de qué se paga directamente y qué por vía indirecta —con sus cuotas y sus letras— alarga la lista y explica por qué la conversación se ha vuelto tan áspera.
¿Por qué prometer cosas gratis da votos?
Porque repartir lo ajeno tiene un rédito inmediato y un coste diferido que nadie contabiliza en campaña. Un participante sostiene que lo que moviliza no es el subsidio concreto, sino el mensaje de
«quitar a los ricos para dárselo a los pobres». El beneficiario directo vota; quien sostiene la estructura no siempre relaciona el recibo con la promesa.
Detrás se describe un motor más profundo: la comparación social. La incomodidad ante quien tiene más —más renta, más margen, más opciones— empuja a igualar por abajo, y cualquier política que prometa rebajar diferencias encuentra terreno abonado. De ahí la sospecha, expresada por el mismo participante, de que también se nivela en las aulas y de que se prefiere un empleo público que garantiza el puesto sin competir por él.
La crítica más veterana apunta al armazón institucional. Se remonta a los años noventa, cuando ya se describía en televisión el intercambio
tú me votas y yo te doy prestaciones. Bautizado como
régimen nacido en 1978, ese pacto habría convertido el voto en moneda y el Estado de providencia en cajero. Luego llegó la
memocracia, con su impresora mágica funcionando a destajo, y el debate pasó de discutir el reparto a discutir cuánto aguanta.
Vividores contra pagadores: el reparto que nadie firma
El diagnóstico más repetido divide la sociedad en dos bloques: los que reciben y los que sostienen. Los primeros piden, votan y reciben; los segundos pagan y protestan. La guerra, dicen, es esa. Y buena parte del arsenal no está en ninguno de los dos bandos, sino en la estructura que azuza el conflicto.
El relato del pan y circo se actualiza cada temporada: a la tribuna clásica se le añade una paga y el conjunto funciona. Hay quien, en tono de broma, admite que
vendería su voto en las próximas generales, autonómicas y locales a cambio de un equipo informático de gama alta.
Aquí el análisis se atasca. Si el bloque que paga se cansa y cambia de bando, el sistema se desmonta solo. Si no se cansa, aguanta indefinidamente.