Xi propone un Estado palestino en las fronteras de 1967
¿Qué gana China metiéndose en el avispero palestino? El presidente Xi Jinping presentó un plan de tres puntos para resolver el conflicto, según recogió la cadena CCTV y reprodujo tass.com. El primer punto reclama la formación de un Estado palestino independiente con plena soberanía y dentro de las fronteras de 1967, con Jerusalén Este como capital. El segundo pide atender las necesidades de la economía palestina y aumentar la ayuda humanitaria internacional. El tercero, mantener las conversaciones de paz por el camino correcto. Una hoja de ruta que suena a manual de buenas intenciones y que, en la práctica, choca con la posición israelí.
Qué dice el plan de tres puntos de Xi Jinping
El texto, difundido por la televisión estatal china, ordena los objetivos en tres bloques: Estado soberano en las líneas de 1967, desarrollo económico y asistencia humanitaria, y negociación sostenida. Sobre el papel, es la formulación más clásica del consenso internacional. En la práctica, es la misma que lleva décadas sin aplicarse.
El primer punto es el que más incomoda a Israel. Las fronteras de 1967 implican devolver Jerusalén Este y desmontar buena parte de los asentamientos. Ningún gobierno israelí ha aceptado ese marco como base de negociación, y menos en la composición política actual. El segundo punto, la ayuda económica, es el único que podría tener recorrido si alguien pone el dinero.
El tercero es el más ambiguo y, paradójicamente, el más aceptable para todas las partes. Hablar de paz indefinidamente no compromete a nada. Hay quien sostiene que ese punto es precisamente el que Israel firmaría mañana mismo: negociar durante cientos de años si hace falta, sin mover una piedra sobre el terreno.
Por qué Israel rechaza las fronteras de 1967
La línea de 1967 es la que existía antes de la guerra de los Seis Días. Volver a ella supone renunciar a Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, además de evacuar a cientos de miles de colonos. Ninguna coalición israelí ha estado dispuesta a pagar ese precio, y las que se acercaron a intentarlo terminaron mal. El asesinato de Isaac Rabin en 1995 tras los acuerdos de Oslo es el ejemplo que se cita una y otra vez: el intento de acercar posiciones se pagó con un magnicidio y abrió una deriva política más dura.
Desde entonces, el marco de dos Estados se ha ido vaciando por la vía de los hechos. Los asentamientos crecen, la fragmentación territorial se consolida y la comunidad internacional repite la fórmula sin traducirla en consecuencias. El plan chino no añade mecanismos de presión ni calendario. Es una declaración de principios.
Qué busca China con esta propuesta
La lectura geopolítica es la más repetida: China quiere posicionarse como alternativa a Estados Unidos en Oriente Próximo. Si Washington no ha logrado cerrar el conflicto desde 1948, Pekín se presenta como un actor con otra relación con las partes. El detalle incómodo es que Israel depende militarmente de Estados Unidos, y ese vínculo no se rompe con un comunicado.
Hay quien va más lejos y sostiene que China busca rellenar el hueco que dejaría Washington si reduce su implicación. Otros leen la jugada como un aviso a Israel: quien no se alinee con la potencia emergente puede acabar pagando el precio. La comparación que circula es la de Armenia, que confió su seguridad a Rusia y se quedó sola cuando Azerbaiyán avanzó. El paralelismo es discutible, pero la lógica del mensaje es clara.
El precedente armenio y la dependencia de Estados Unidos
El caso armenio se usa como advertencia: un país que delega su defensa en un aliado lejano descubre tarde que el aliado tiene otros intereses. Rusia no intervino cuando Azerbaiyán recuperó territorio. La conclusión que se extrae es que Israel no puede dar por garantizado el paraguas estadounidense para siempre.
En ese escenario, el plan chino funcionaría como oferta de reemplazo. Pekín se ofrece como interlocutor con el mundo árabe y con Irán, algo que Washington no puede hacer sin coste. La pregunta es si Israel está dispuesto a cambiar de padrino o si, simplemente, espera que el tiempo juegue a su favor.
Las alternativas que circulan: un solo Estado o el traslado de población
Frente al marco de dos Estados, una parte del análisis defiende un único Estado laico, aconfesional y desmilitarizado como única salida viable a largo plazo. El argumento es que cualquier reparto territorial con un Estado definido por su carácter religioso está condenado a reproducir el conflicto. La objeción es obvia: ninguno de los actores implicados acepta esa fórmula.
Otra corriente, más cínica, especula con soluciones de terceros países: buscar un territorio en África o en Asia donde reasentar a la población palestina y dejar el territorio completo a Israel. Son hipótesis que circulan sin respaldo diplomático y que ningún gobierno ha planteado formalmente.
El plan chino tiene tres puntos y ningún mecanismo para aplicarlos. La parte israelí aceptaría encantada el tercero, el de seguir hablando. El resto es una declaración de intenciones que se archiva con las anteriores. Al menos Xi ha conseguido algo que Washington no logra desde hace años: que se hable de China en la región.