Rusia: mucho territorio, poca huella real
¿Y si el poder de Rusia fuera una de las mayores ilusiones geopolíticas de nuestro tiempo? El planteamiento es directo: once husos horarios, pero la mayor parte es bosque, hielo y tierra baldía. La economía rusa representa
menos del 2% del PIB mundial, por debajo de Italia o California. Sus exportaciones se reducen a petróleo, gas, carbón, fertilizantes y armamento de generaciones anteriores. En innovación, el diagnóstico es aún más severo: sin patentes revolucionarias, sin gigantes tecnológicos globales, sin universidades entre las cincuenta mejores del mundo.
¿Cuántos habitantes tiene realmente Rusia?
La cifra oficial de
144 millones de ciudadanos se pone en duda. Las tasas de fertilidad caen, la esperanza de vida masculina es escandalosamente baja y regiones enteras de Siberia y el Extremo Oriente se despueblan. Desde la invasión a gran escala de Ucrania, millones de rusos han emigrado. El retrato que se dibuja no es el de una nación en expansión, sino el de una que se apaga sin ruido.
El ejército ruso en Ucrania: tanques oxidados y móviles como GPS
Se suponía que era el segundo ejército del mundo. Ucrania, con una fracción de sus recursos, lo habría expuesto como una estructura inflada, corrupta y tecnológicamente atrasada: carros de combate de los años sesenta, soldados usando teléfonos inteligentes como navegador y una Flota del Mar Negro golpeada por drones. La conclusión que se extrae es que se trata de un
ejército Potemkin, sostenido sobre intimidación y propaganda más que sobre capacidad operativa real.
¿Por qué Rusia sigue pareciendo poderosa si su economía es pequeña?
La respuesta que se apunta es que sabe ejercer el poder sin necesitar ganar en igualdad de condiciones. Las armas nucleares funcionan como decorado, la amenaza sustituye a la capacidad y Occidente reacciona a la memoria de una URSS que ya no existe. En paralelo, se señalan problemas estructurales: corrupción sistémica, tasas elevadas de aborto, divorcio y suicidio, alcoholismo, drogas, trata de personas y delincuencia callejera. La diplomacia rusa, se argumenta, busca influencia sin criterio moral coherente, con alianzas con regímenes islamistas y campañas de desestabilización en Europa y Estados Unidos.
La contraargumentación: PPA, obuses y defensas aéreas
No todos compran el relato del bluff. Una corriente sostiene que el PIB nominal engaña: ajustado por paridad de poder adquisitivo, Rusia se acercaría al nivel de Alemania. Se subraya su escasa dependencia exterior, su capacidad de mantener un ritmo de
20.000 obuses diarios en el frente, andanadas regulares de un centenar de misiles —incluidos hipersónicos que la OTAN no desarrollaría— y un sistema de defensa aérea variado frente a los Patriot occidentales. La pregunta que lanzan es incómoda: si es tan débil, ¿por qué la OTAN necesita endeudarse en cientos de miles de millones para contenerla?
El coste europeo de subestimar a Moscú
Otra línea de análisis apunta al daño colateral en Europa: sin gas ruso barato, economías de la UE en el suelo, Alemania habiendo borrado su identidad industrial y una dependencia creciente del gas estadounidense a precio elevado. La predicción que se lanza es que el Nord Stream acabará reabriéndose. Frente a esto, la respuesta es que Rusia no pretende liderar el mundo, solo resistir y hacer daño a sus rivales en la medida de sus posibilidades, y que en eso está teniendo cierto éxito.
Al final, la pregunta no es si Rusia es una potencia, sino cuánto de su poder es real y cuánto es escenografía. Y mientras se discute, los obuses siguen cayendo.