El Ejército español, entre la crítica y la obediencia debida
El Ejército español se ha convertido en el blanco de una tormenta de críticas. La supuesta incapacidad para responder a una invasión de 50.000 soldados ha reabierto el debate sobre su verdadera utilidad. Pero la controversia esconde dos lecturas muy distintas.
Una corriente sostiene que la culpa no es de los militares, sino del férreo control civil. El Ejército no puede actuar sin órdenes del Gobierno. Quien exige heroicidad sin mandato está pidiendo, en realidad, un golpe de Estado. La disciplina es la base de cualquier fuerza armada, y eso se aprende desde la instrucción.
La otra lectura, más corrosiva, ve en la parálisis un síntoma de un sistema entero que funciona con el freno de mano puesto. El episodio de los cascos azules en Líbano, con décadas de misión y descubrimientos de infraestructuras subterráneas tras supuestos peinados, se cita como la metáfora perfecta de una operatividad de boquilla.
En medio, queda la espinosa cuestión de la obediencia. Las academias militares enseñan que una orden ilegal no debe cumplirse. Pero, como recuerdan los más escépticos, la práctica no siempre acompaña a la teoría. La sombra de Franco, el último gran jefe militar capaz de decidir por sí mismo, planea sobre cualquier discusión de este tipo.
La conclusión incómoda es que, si 50.000 invasores cruzaran la frontera mañana, lo más probable es que el Ejército siguiera esperando instrucciones. La pregunta no es si es el peor del mundo, sino si el sistema está diseñado para que nunca tenga que demostrar que no lo es.