El Papa y la muerte: fe, dudas y doble rasero
Un hombre de edad avanzada, al frente de la institución religiosa más grande del planeta, pidió a los médicos que lo trataban que hicieran todo lo posible por salvarlo. Sobrevivió y, al despertar, se alegró de seguir vivo. Hasta ahí, nada extraordinario. El problema, según la tesis que abrió el asunto, es quién era ese hombre: el Papa, alguien que si su propio magisterio fuera cierto tendría por delante una eternidad en el paraíso y bastante poco que perder al morir. De ahí al titular —
el Papa sabe que Dios no existe— hay un salto argumental considerable, y buena parte de las réplicas se ha dedicado precisamente a medirlo. La discusión derivó hacia terrenos muy dispares: la credibilidad de la cúpula eclesiástica, la naturaleza de la fe, los casos de abusos en la Iglesia y, de propina, un par de teorías conspiranoicas sin ningún respaldo.
¿Por qué un creyente se aferra a la vida si cree en el paraíso?
Es la pregunta que sostiene todo el planteamiento inicial. La respuesta más repetida es también la más obvia, y desmonta media tesis: tener fe no está reñido con tener ganas de vivir. Si el razonamiento fuera válido, los creyentes deberían querer morir desde niños y a nadie le importaría que sus padres o sus hijos siguieran vivos. El instinto de supervivencia no se desactiva con un credo.
Hay una segunda línea, menos amable. Se argumenta que para escalar hasta la cúpula de una organización como la Iglesia Católica hace falta un perfil que rinde culto a su propia centralidad, y que ese perfil teme a la muerte más que ningún otro porque no concibe dejar de ser el centro del universo. La variante teológica de ese argumento es todavía más retorcida: el miedo no sería a la nada, sino a que el nombre propio no esté donde se supone que debe estar.
Enfrente, el argumento de la coherencia se vuelve contra quien lo lanza. Un verdadero creyente muere en paz, sostiene una parte. Y otra, más incómoda: quien afirma que el representante de Cristo en la tierra debería haberse encomendado a Dios y no a los médicos está dando por buena la misma lógica que dice combatir. Si la fe bastara, no habría hospitales en el Vaticano.
Un creyente que se agarra al tratamiento intensivo no demuestra incredulidad; demuestra que es humano.El infierno, el bautismo y el pecado mortal como explicación alternativa
La objeción más sólida a la tesis de partida no niega el miedo: le cambia el objeto. Lo que explicaría el afán por seguir vivo no es saber que no hay nada, sino saber que hay algo y que puede ir mal. La doctrina clásica no asegura el paraíso por arrepentirse en el último minuto: sin bautismo, sin confesión, sin absolución, se muere en pecado mortal, y el destino es el infierno por mucha conversión de última hora.
El material cita la propia doctrina para apuntalar el punto. El catecismo recoge en su
pregunta 568 que la falta de bautismo puede suplirse con el martirio o con un acto de perfecto amor de Dios, y en la
711 explica por qué ese dolor se llama perfecto: porque mira exclusivamente a la bondad de Dios y no al propio provecho. Es decir, la tradición ya contempló el caso del creyente que se agarra a la vida por interés y lo calificó de imperfecto.
La otra esquina doctrinal la ocupan quienes defienden que la existencia de Dios se prueba en la propia vida de Cristo y en la nómina de santos de dos mil años. Y los versículos duros del Apocalipsis, con su lago de fuego reservado a cobardes e incrédulos, funcionan como recordatorio de que el castigo eterno también está en el manual.
Platón, los dinosaurios y el código de la realidad
A mitad de la conversación el eje se desplaza y el asunto deja de ser el Papa para convertirse en el enésimo asalto entre creyentes y ateos. Aparece la acusación de que el misticismo católico no es más que platonismo reciclado, el debate sobre si el politeísmo griego y romano era superior o inferior al monoteísmo, la esclavitud en la Antigüedad y la vieja pregunta de por qué el clero regular existe si la contemplación ya estaba cubierta.
También hay hueco para la analogía de manual: creer que el universo se ordenó solo viene a ser como esperar que un tornado que arrasa una tienda de repuestos deje un deportivo montado y en marcha. Y para el argumento de la incomodidad zoológica: si Dios creó al ser humano a su imagen, ¿qué papel jugaban los dinosaurios o los neandertales?
El tramo más llamativo es el que abandona la teología por la ciencia ficción.
Alguien sostiene que la realidad es una simulación y ofrece, sin prueba alguna, la ubicación del supuesto código de programación con el que está fabricada. La afirmación no viene respaldada por ningún dato verificable y convive en el mismo tramo con propuestas panteístas —un único Dios que se hace consciente en cada persona— y con la sospecha de que casi todas las descripciones de Dios, por contradictorias entre sí, están necesariamente equivocadas menos una.
Abusos, insultos y el resto de confesiones
La pederastia en la Iglesia entra en la conversación como contrapeso moral y desplaza el foco otra vez. Que una institución que legisla sobre la vida privada de los demás cargue con un historial de abusos es, para muchos, el argumento definitivo contra su autoridad. La defensa que aparece al otro lado tiene dos patas: que el ataque es selectivo y que otras confesiones registran problemas similares sin recibir la misma atención mediática.
En ese capítulo se afirma que un tribunal de Nueva York habría avalado determinadas prácticas de otra comunidad religiosa por considerarlas costumbre, y se sostiene que
cada cinco minutos se mata a un cristiano en algún lugar del mundo por razón de su fe. Son afirmaciones sin verificación en el propio material y conviene tratarlas como lo que son: alegaciones.
A esto se suma el ruido. Una parte de las respuestas no argumenta: insulta a los ateos, a los liberales o a los homosexuales, y se va. Otra responde a la descalificación con el botón de ignorados.
El nivel medio del intercambio cae en picado en cuanto alguien saca el tema de la bandera. También hay quien reprocha al autor del planteamiento lo que considera una obsesión: dedicar hilos y energía a un dios en el que no se cree es, como poco, curioso.
Qué queda cuando el protagonista ya no está
El desenlace del asunto lo confirma: el Papa murió. Y la reacción de una parte de los participantes fue sorprendente, al menos a ojos de quienes esperaban celebración. Si el cielo existe y morir es mudarse a un lugar mejor, lo lógico sería el festejo y no el luto. Que la misma institución que predica la vida eterna llene los titulares de condolencias se lee, desde la trinchera atea, como una confesión involuntaria: en el fondo, todos saben que no hay nada después.
Al otro lado queda la lectura piadosa, igual de simple y mucho más amable: si sigue vivo, es porque Dios todavía lo quiere aquí, y si los médicos estaban en su camino, era para evitarle más sufrimiento. Ninguna de las dos partes ha movido un milímetro su posición, y ninguna lo hará con el próximo ocupante del trono de Pedro.
El argumento del Papa incrédulo se reciclará tal cual.
Cabe esperar que la próxima hospitalización reabra exactamente el mismo debate, con idénticos porcentajes de convicción a cada lado. Lo que no está claro es que a alguien le importe de verdad cuál de las dos versiones es la buena.