El Papa, célibe y sin hijos, pide a los jóvenes que no teman formar familia
Con 70 años y cero descendencia, el Papa Francisco ha vuelto a instar a los jóvenes a «no tener miedo a formar familias». El consejo, en sí mismo loable, choca con la realidad de quien ha hecho un voto de castidad perpetua y no tiene hijos propios. La paradoja no ha pasado desapercibida.
«Haz lo que yo diga, no lo que yo haga», resume la crítica más extendida. La Iglesia católica exige celibato a sus sacerdotes, pero desde los púlpitos se anima a la procreación. No es nuevo: en la España franquista, muchos curas tenían hijos en secreto, y hoy hay quienes conocen a religiosos con pareja formal.
Otros defienden que el voto de castidad no es un fracaso vital, sino una renuncia voluntaria. «El Papa no tiene hijos porque ha hecho un voto, no porque sea un fracasado», argumentan. Pero la pregunta incómoda persiste: ¿qué autoridad moral tiene quien no ha criado a nadie para hablar de los temores de la paternidad?
El debate se enreda además con otros frentes: las leyes de género, la inmigración y la presión cultural. Al final, el consejo papal resuena vacío para quienes ven en su propia vida la excepción a la regla que predica.
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