¿Y si la artefacto explosivo nuclear fuera el timo más caro de la historia?
¿Puede ser que el arma más temida del planeta no exista? La pregunta suena a conspiración, pero hay quien la defiende con números y referencias científicas. Un sector del análisis sostiene que el pánico nuclear es una construcción de ingeniería social para mantener el miedo y el gasto. No hablamos de dudar de la potencia destructiva de las ojivas, sino de negar su existencia: ni artefacto explosivo A, ni artefacto explosivo H, ni artefacto explosivo de neutrones.
Los números que supuestamente invalidan la artefacto explosivo
El argumento central de los escépticos es geométrico. Con un radio nuclear de 7 femtómetros y una distancia interatómica en fase cristalina de 350 picómetros, la probabilidad de que un neutrón acierte contra un núcleo en una masa de uranio-235 enriquecido al 100% sería diminuta. Añaden la densidad atómica, 4,88×10²⁸ átomos por metro cúbico, y la tasa de emisión de neutrones por fisión espontánea, 1,36×10⁻² neutrones por gramo y segundo, para concluir que la reacción en cadena es una quimera. El cálculo, dicen, impide que la artefacto explosivo sea lejanamente posible.
La respuesta de los físicos no se hizo esperar. La interacción neutrón-núcleo no es un juego de billar con esferas rígidas: se describe mediante secciones eficaces y transporte de neutrones, donde la probabilidad cuántica juega un papel determinante. Se cita el artículo de Niels Bohr de 1935, “Theory of Disintegration of Nuclei by Neutrons”, publicado en Physical Review (volumen 47, páginas 747-759), que justamente ajustaba los valores de las secciones eficaces en un factor relevante, pero no al punto de negar la fisión. Confundir un modelo pedagógico con el fenómeno real es, según estos expertos, un error de principiante.
Centrales que sí funcionan frente a bombas que no podrían existir
Otra vía de ataque de los negacionistas es la contradicción entre las centrales nucleares y las bombas. Si la reacción en cadena es imposible, ¿cómo explicar la energía de los reactores? Aquí matizan: el uranio de un reactor está enriquecido al 3%, dentro de un moderador que reduce la energía de los neutrones; eso permite una fisión controlada que rinde unos 6 megajulios por gramo de combustible, equivalente a 4,5 toneladas de carbón o 2.000 litros de petróleo. Pero para una artefacto explosivo se necesitaría uranio enriquecido al 100% y una reacción en cadena explosiva, que según sus cálculos geométricos no se sostiene. Los físicos replican que el diseño de la artefacto explosivo no depende de la probabilidad de impactar un solo núcleo, sino de la masa crítica y de las secciones eficaces en condiciones extremas.
El negocio del miedo: quién sale ganando
La tesis de fondo es que el miedo nuclear alimenta un gasto militar faraónico y perpetúa el statu quo. En el análisis se recuerda la frase atribuida a Goethe: “La primera víctima de la guerra es la verdad”. Se denuncia que el relato del apocalipsis nuclear sirve para controlar a la población y justificar presupuestos de defensa. La discusión deriva incluso hacia los preparativos para un escenario de crisis: listas de agua y alimentos para 15 días, consejos sobre armas de autodefensa. Irónico, porque quienes creen que no habrá bombas se preparan para un colapso que quizá tampoco llegue.
Entre los participantes hay quien admite que las bombas existen, pero considera que su efecto no es tan apocalíptico: “Se han tirado decenas de bombas nucleares en pruebas y aquí seguimos”. Esta postura intermedia, minoritaria, recuerda que el miedo puede estar sobredimensionado sin necesidad de negar la física.
Mientras tanto, los gobiernos siguen invirtiendo miles de millones en arsenales. Quizá lo saben y el miedo es precisamente el producto. La película es buena; la entrada la seguimos pagando todos.