Ghosting pasivo: ¿tortura o doble rasero?
El 4 de marzo de 2026, El País publicó un artículo firmado por Marita Alonso en el que califica de «tortura» el denominado ghosting pasivo: la práctica de dar respuestas ambiguas o evasivas para que la otra persona entienda que la relación se ha terminado. La pieza, ilustrada con la foto de una joven consultando el móvil, sostenía que muchas mujeres sufren esta estrategia de desgaste emocional. La reacción no se hizo esperar: en cuestión de horas, el debate se incendió en redes y foros, con críticas que apuntan a un flagrante doble rasero.
El ghosting pasivo, según El País
El artículo definía el ghosting pasivo —también llamado soft ghosting— como una forma de rechazo silencioso en la que se envían mensajes monosilábicos, respuestas pasivo-agresivas o simples emojis, con la esperanza de que el otro capte la indirecta. La autora lo describía como una «tortura» para quienes lo reciben, mayoritariamente mujeres, según el enfoque del texto. La pieza, publicada en la sección de sociedad, no ofrecía datos cuantitativos pero sí un tono de denuncia que muchos interpretaron como un alegato feminista.
La respuesta de los escépticos: doble rasero
La contestación fue rápida y contundente. Una corriente de opinión sostiene que el ghosting pasivo no es monopolio femenino, sino una práctica generalizada que ambas partes usan según convenga. «Cuando lo hacen ellas, es empoderamiento; cuando lo hacemos nosotros, es tortura», resumía un análisis recurrente. Se argumenta que las mujeres han empleado históricamente las evasivas y los mensajes ambiguos como mecanismo de rechazo, y que ahora que los hombres replican la misma conducta, se patologiza. Un ejemplo citado: la clásica fórmula «no eres tú, soy yo» vista como un corte honesto, frente a la misma frase cuando la pronuncia un hombre. La percepción de hipocresía es el núcleo del malestar.
El trasfondo de la economía de la atención
Aunque el subforo de Economía pueda parecer ajeno, el debate conecta con la economía de la atención en el mercado de las citas. Apuntan algunos análisis que la proliferación de apps de citas ha mercantilizado las relaciones: hay una oferta asimétrica donde un 10% de los hombres acapara la mayoría de la atención femenina, lo que genera dinámicas de poder. En ese contexto, el ghosting —activo o pasivo— se convierte en una herramienta de gestión de la sobreabundancia de opciones. Por otro lado, quienes defienden la postura del artículo subrayan que el sufrimiento emocional es real y que la ambigüedad deliberada puede ser más hiriente que un corte explícito.
Anécdota: el MFH y la comunicación digital
Entre las respuestas más comentadas apareció un acrónimo, MFH (Mentir, Follar, Huir), que, según se explicaba, describe el patrón masculino clásico: contacto, sexo y desaparición. Frente a eso, el ghosting pasivo se presenta como una versión «cobarde» que evita la confrontación directa. Algunos usuarios contaron experiencias personales: uno relató que, al ser directo con una cita y decirle que no quería pareja, recibió un torrente de insultos y fue bloqueado. «La honestidad no siempre es bien recibida», concluyó.
¿Dónde queda el equilibrio?
El artículo de El País ha abierto una grieta que va más allá de la guerra de sexos. Revela la dificultad de establecer normas comunes de cortesía en un entorno digital donde cada gesto puede ser interpretado como agresión o defensa. La calificación de «tortura» puede parecer desmedida para algunos, pero para otros refleja una ansiedad real en un mercado de citas hipercompetitivo. Lo que está claro es que, mientras no haya un consenso sobre qué exigencias emocionales son razonables, el ghosting —en cualquiera de sus variantes— seguirá siendo moneda corriente. Y el debate, lejos de cerrarse, probablemente se intensifique con cada nuevo artículo que intente ponerle nombre a la incomodidad.