El nacionalsocialismo era socialista en la práctica: la tesis incómoda
Resulta paradójico: el régimen que más daño ha hecho a la marca del socialismo aplicó en su economía un programa que hoy firmaría cualquier intervencionista. Control de precios y salarios, planificación industrial masiva, nacionalizaciones, confiscación de grandes fortunas, control del comercio exterior. Sustituyan unas pocas palabras y el esquema calza con el de un socialista que quiere recuperar la economía para el pueblo frente a las élites. La pregunta no es menor: ¿encasillar a Hitler en la extrema derecha fue el mayor engaño ideológico del siglo XX?
Un repaso al programa de 25 puntos del partido refuerza la lectura: participación del Estado en las grandes empresas, nacionalización, economía fuertemente intervenida, control del sistema financiero y redistribución de beneficios. Es cierto que la propiedad privada no desapareció; el régimen convivió con el capitalismo, pero bajo un corsé estatal que nada tenía que ver con el liberalismo de mercado. Hay argumentos para sostener que, en la praxis, el nacionalsocialismo fue socialista.
La regla de izquierdas y derechas no mide bien los totalitarismos
Otra corriente de análisis sostiene que la disyuntiva es falsa. Una vez que un sistema rompe con el Estado de derecho, da igual el color del uniforme: lo que queda es un totalitarismo con preocupaciones sociales pero sin democracia. Mezclar las categorías clásicas con regímenes así solo confunde. La dictadura nacionalsocialista tenía un núcleo racial y un nacionalismo agresivo incompatibles con el socialismo igualitarista, aunque en lo económico compartiera instrumentos.
Del fascismo al nacionalsindicalismo: la misma tela
La confusión aumenta con los herederos peninsulares. El nacionalsindicalismo español no fue más que la traducción de la palabra 'fascio', que en italiano significa 'sindicato'. El partido de Mussolini se llamó oficialmente Partido Nacional Fascista, y la versión española se limpió con barniz católico después de que el Duce chocara con la Iglesia. El origen social, eso sí, era distinto: en Italia bebía del sindicalismo y en España lo impulsaban las élites. Aun así, el ADN económico era el mismo.
Y luego está el detalle que aclara más que mil discursos: en julio de 1934, Hitler ejecutó a la cúpula del ala 'socialista' de su propio partido. ¿Cabía aún duda de cuál de los dos apellidos del nacionalsocialismo era el adjetivo prescindible?