La desaparición de la arquitectura de madera maciza en el salón español es un síntoma más profundo que una mera tendencia decorativa.
El debate sobre el mueble de salón, esa pieza centralizada en la identidad doméstica española durante los años 80 y 90, trasciende el gusto estético. Lo que ha perecido no es solo un mueble; es una forma de exhibir identidad en el hogar, pasando del volumen sólido a la fugacidad digital.
De la vitrina familiar al algoritmo de Instagram
Aquella pieza, esa arquitectura en madera que ocupaba una pared entera, era el repositorio de la vida doméstica: retratos bisabuelos, porcelana usada esporádicamente, colecciones numismáticas o esa enciclopedia que nadie leía pero que estaba ahí. Los detractores señalan que este exceso de volumen era un lujo innecesario, una imposición espacial en pisos cada vez más reducidos.
La paradoja del espacio y la durabilidad
Si bien el tamaño de los aparatos electrónicos modernos, como las televisiones de 65 pulgadas o más, ha acelerado la obsolescencia funcional de estos muebles, también es cierto que el concepto del salón como espacio multifuncional ha cambiado. Los críticos de la época señalan el mueble como un anacronismo pesado, consumiendo metros cuadrados valiosos.
Sin embargo, quienes defienden el modelo antiguo recuerdan su funcionalidad como centro de gravedad del hogar. Era el punto donde se exhibía la herencia, aunque fuera mediante objetos que raramente tocaban el uso diario. La transición al minimalismo moderno, con sus muebles modulares y blancos, es vista por algunos como una rendición ante la necesidad de optimización del espacio, mientras que otros lo ven como un empobrecimiento estético.
La cuestión no es si el objeto físico ha perecid, sino cómo hemos decidido representar nuestra permanencia en él. Hoy esa exhibición es intangible; reside en la nube, en el *scroll* infinito, no en la madera maciza.
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