«El 1% de hombres acapara las citas y el 70% de mujeres aspira al 10% top»
Hay una tesis que circula con insistencia en los foros y que estos días ha vuelto a la superficie: el mercado de las citas está roto. No por falta de oferta, sino por un desajuste estructural entre lo que unos buscan y lo que otras esperan. El planteamiento inicial, expuesto por un usuario, es crudo:
el 1% de los hombres mantiene relaciones con el 20-30% de las mujeres, y ese subconjunto femenino, a su vez, cree merecer al mismo 1% que las ha elegido para una noche. El resto, sostiene el relato, no baja el listón.
La discusión no es nueva, pero el diagnóstico ha ido afinándose. Lo que empezó como una queja sobre la hipergamia femenina ha derivado en un análisis más incómodo:
el 70% de las mujeres aspiraría al 10% de hombres top, mientras el resto de varones —los que no son altos, ni guapos, ni tienen ingresos altos— quedan fuera de la ecuación. Las aplicaciones de citas, con miles de matches diarios, habrían acelerado un fenómeno que antes tardaba años en manifestarse.
Por qué las apps de citas han roto el mercado
El argumento central es tecnológico. Antes, una mujer no tenía acceso a miles de pretendientes potenciales cada día. El círculo se limitaba al barrio, al trabajo, a la cuadrilla. Hoy, cualquier perfil femenino recibe una avalancha de interacciones de hombres de todos los niveles, lo que distorsiona la percepción de lo que es alcanzable.
Esa abundancia artificial genera una hipergamia desaforada, sostiene una corriente del análisis, que no tiene precedentes en la historia.
El resultado, según este diagnóstico, es una espiral de expectativas que no se corresponde con la realidad demográfica. Las mujeres que han tenido acceso a hombres del 1% —aunque sea para un encuentro puntual— elevan su umbral de exigencia y dejan de considerar aceptables a los varones de su propio nivel.
No se dan cuenta, reza el planteamiento, de que el hombre top no es tonto: elige a la mejor y se queda con ella.
Hay quien añade un matiz generacional. La hipergamia no sería un rasgo exclusivo de las jóvenes:
el 90% de las mujeres menores de 40 años estaría en aplicaciones de citas, solteras, casadas o divorciadas. La consecuencia, según esta lectura, es un mercado donde la oferta masculina de calidad se percibe como escasa y la competencia entre mujeres se intensifica.
El hombre medio, fuera de juego
La otra cara de la moneda es la situación del varón promedio. El diagnóstico más repetido es que un hombre sin dinero está
muy jodido. No solo por la falta de recursos, sino porque la capacidad de generar ingresos se ha convertido en el principal criterio de selección.
El dinero sería el factor más importante, por encima de la altura o el atractivo físico, según la tesis dominante.
Frente a esto, surge una objeción que rompe el esquema: los perfiles que más éxito tienen en determinados entornos no son precisamente altos ni ricos. Se argumenta que ciertos colectivos con menos recursos acceden a más relaciones, lo que desmontaría la ecuación simplista del 1% con cash. La belleza, además, es subjetiva y a menudo construida:
hay famosos que han pasado por el quirófano para estar satisfechos con su imagen.
El varón medio que se queda fuera del mercado no lo tiene fácil para aceptar el diagnóstico. Se describe una disyuntiva cruel: o se conforma con parejas que no le atraen, o se queda solo.
Muchos hombres de 1,80, con pelo, trabajo decente e inquietudes se ven abocados a la soledad o a relaciones que no desean, mientras observan cómo el mercado se estrecha.
La factura demográfica: menos parejas, menos nacimientos
La derivada más citada es la demográfica. Si el mercado de citas se rompe, la formación de parejas estables cae, y con ella la natalidad.
España se convertiría en un país de población extranjera si no hay niños españoles, advierte una parte del análisis. No es una predicción aislada: se menciona el caso de Japón y Taiwán, con escuelas cerradas por falta de alumnos.
El escenario que se dibuja tiene dos ramas. Una, los varones excluidos de la reproducción se retiran —
hikikomoris— y la sociedad colapsa por falta de producción. Otra, esos mismos varones forman bandas para acceder a mujeres por la fuerza, un patrón que se observa en zonas del Sahel con poligamia.
Boko Haram y el ISIS prometían mujeres a sus seguidores, no dinero ni poder, según esta lectura.
La discusión también toca el papel del Estado. Se argumenta que las mujeres solas viven protegidas, con trabajo o paga, lo que les permite aguantar la soledad mejor que los hombres.
Los hombres se suicidan mucho más, se afirma, y sin dinero están en una posición de partida peor. El consumo de fármacos, apps de novios virtuales y productos para gatos se perfila como negocio de futuro.
El final del recorrido: todos solos
El cierre del análisis es amargo:
al final, todos y todas solas. Las mujeres que no bajen el listón se quedarán solas pasados los 30, y los hombres que fueron ignorados las ignorarán a ellas. La venganza del mercado no es tal: es un ajuste que deja a ambos lados con las manos vacías.
Soledad para todos, resume el planteamiento.
La pregunta que queda flotando es si este diagnóstico describe una realidad o solo una percepción. Los datos de solteros —
14 millones, según una cifra que circula— apuntan a un fenómeno masivo, pero las causas no están claras. ¿Es la tecnología, la economía o un cambio cultural más profundo? El análisis se atasca exactamente ahí: en la imposibilidad de separar el síntoma de la enfermedad.