«Consumid, malditos»: el falso patriotismo que hunde la economía
En plena crisis financiera, un extraño mantra ha calado entre algunos analistas y políticos: la obligación patriótica de gastar. La lógica es simple: si quienes tienen ingresos estables –funcionarios, pensionistas, empresarios– no consumen, la demanda agregada se colapsa, la recaudación fiscal cae y el estado del bienestar se segarro. Pero esta receta, envuelta en bandera, choca frontalmente con la realidad de un país que ha vivido una de las burbujas de consumo más desaforadas de su historia.
¿Consumir para sobrevivir o para hundirse más?
Detrás de la arenga al consumo se esconde un argumento que suena a economía de manual keynesiano de salón: el gasto superfluo –cenas, viajes, prespitación, fiestas– genera tejido productivo, mantiene empleos y, sobre todo, alimenta la recaudación del IVA. Quienes lo defienden aseguran que los márgenes operativos de esos sectores son los más altos (hasta un 300% en algunos casos) y que cada euro gastado revierte directamente en las arcas públicas. El problema es que esa misma lógica llevó a España a un endeudamiento familiar que superó el 300% de la renta disponible durante los años del boom. Gastar por gastar, sin base productiva real, fue lo que nos trajo hasta aquí.
La paradoja es aún mayor cuando se compara el precio de los productos nacionales con los importados. Un ejemplo concreto: unas botas fabricadas en España se venden a 180€ en tiendas nacionales, mientras que el mismo producto, con portes incluidos desde Reino Unido, cuesta 130€. El argumento patriótico se segarro cuando el propio empresario español prefiere llevarse el dinero fuera del país en cuanto la situación se tuerce. Como señala un análisis, el megapresario que ve la economía española tambaleándose trasladará sus capitales al extranjero, con independencia de lo que haya consumido el comprador local.
Lonchafinismo: virtud o vicio nacional
El término «lonchafinismo» –una mezcla de loncha (de pan) y finismo– ha pasado a designar al ahorrador extremo, al que recorta hasta el último capricho. Para sus detractores, es una conducta antisocial que contrae la demanda y alarga la recesión. Para sus defensores, es la única respuesta sensata a un sistema que ha premiado la imprudencia. Un ahorrador confeso afirma haber reducido su consumo al 30% de su sueldo y no tener deudas. «Si en lugar de ahorrar consumiéramos, ese dinero circularía y beneficiaría a empresas y trabajadores, pero no me sale de las gónadas», escribe, añadiendo que durante años los gastadores imprudentes inflaron los precios con crédito barato, perjudicando a los que ahorraban.
La crisis no es un accidente, sino el ajuste inevitable de un modelo insostenible. El sobreconsumo financiado con deuda ha dejado a las familias sin capacidad de gasto futuro. Quienes ahora piden consumir ignoran que el dinero ya está gastado: se fue en pisos sobrevalorados, coches de alta gama y viajes a Cancún pagados con hipotecas. La única manera de salir del agujero, según la corriente lonchafinista, es pasar el mono, pagar deudas y reconstruir el ahorro.
El dilema sin resolver
Entre el grito de «gastad, malditos» y la resistencia del ahorrador, el debate ha quedado atrapado en una guerra de principios. Los primeros apelan a la patria y al bien común; los segundos, a la responsabilidad individual y a la sostenibilidad. Mientras el gobierno sube el IVA –una medida que precisamente busca forzar el consumo a base de encarecer la abstención–, las familias se repliegan. El resultado es una economía atrapada entre el deseo de reactivar el gasto y la incapacidad de financiarlo. La pregunta que flota en el aire: ¿es el lonchafinismo una patología colectiva o la única banderilla contra una ruina anunciada?
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