El youtuber antisistema que ahora pide ayuda al sistema
Con casi 50 años, un coche destartalado y un discurso que lleva años machacando a los «esclavos de 9 a 6», el creador de contenido conocido como «El Lobo Estepario» ha pedido ayuda a sus seguidores para que un mecánico le repare el vehículo gratis. La hipocresía, dicen algunos, tiene límites.
El personaje, que se ha labrado una audiencia fiel gracias a sus diatribas contra el trabajo asalariado, los impuestos y la vida convencional, se enfrenta ahora a la realidad que tanto desprecia: necesita a un profesional que cotiza, que madruga y que mantiene un taller. En uno de sus últimos vídeos, confesaba que su coche se había quedado tirado más de 30 veces, y que un mecánico le cobraba 50 euros solo por enchufar la máquina de diagnóstico. «No, jodido vago», le responden en redes, «te cobra 50 euros por todos los años que ha invertido en formarse, por el local, las máquinas, los seguros y los impuestos que te pagan a ti las carreteras y el médico».
El coste de la coherencia
El Lobo, que estudió en el Liceo Francés –uno de los colegios más caros de Madrid–, lleva años presumiendo de vivir al margen del sistema. Según sus propias declaraciones, sobrevive gracias a una paga mensual que le pasa su madre y a la propiedad de un piso en Cantabria que sus padres pusieron a su disposición. También ha reconocido que desperdició un dinero que le habría permitido comprar una finca, y que rechazó una oferta de alojamiento gratuito porque no quería asumir el IBI. En sus vídeos, repite consignas como «LA GENTE ES UNA MIERDA», «NO QUIERO VER A NADIE», «DEJAD DE COTIZAR, DE MADRUGAR, DE TRABAJAR PARA NADA». Pero cuando el coche –un viejo R21 que ya debería estar en el desguace– dice basta, la cosa cambia.
La paradoja no ha pasado desapercibida entre quienes siguen su trayectoria. «Es que decir que vivimos esclavizados de 9 a 6 suena guay hasta que necesitas que un esclavo de esos te arregle el coche», resumía un análisis compartido en redes. El resentimiento se ha comido al personaje, y su discurso se ha vuelto cada vez más amargo: primero el Covid, luego los desengaños amorosos, y una creciente desconexión con una realidad que no se pliega a su voluntad.
El negocio del show
A pesar de su discurso antisistema, el Lobo ha intentado monetizar su actividad como youtuber. Tuvo un canal que fue suspendido, según él por reportes masivos tras empezar a recibir donaciones. Ahora depende de la caridad de sus seguidores, a los que llama «paguitas» –en referencia a los subsidios–, pero a los que recurre cuando el coche se para. «Es la versión moderna de echarle una moneda al gitano de la cabra», ironizaba otro comentario. La pregunta es hasta dónde llegará la generosidad de su audiencia, sobre todo cuando el núcleo duro de fans está compuesto por «paguiteros», jóvenes que apenas tienen recursos.
Los más críticos señalan que el personaje es un «Santiago Vázquez en versión conspiranoico»: alguien con una cuna cómoda que prefiere racionar rentas miserables antes que dar un palo al agua. «Si no se empeñara en ser un outsider maximalista, con sus conocimientos podría ser un youtuber interesante y respetado», apuntan otros. Pero la deriva hacia la negatividad y el resentimiento le ha convertido en un hombre roto, que vive en el pasado y se niega a aceptar que las normas que critica son las que mantienen en funcionamiento las carreteras que usa, los hospitales que no necesita y el 4G desde el que graba sus quejas.
El futuro del lobo
Con casi 41 años a la espalda –según datos del hilo, es de 1982–, el Lobo muestra signos de un desgaste prematuro: arrugas y canas que, para algunos, evidencian una juventud de excesos. Su coche, un R21 que ha sufrido 30 averías, parece tener los días contados. Y aunque su familia tiene recursos –varios pisos en Madrid–, la herencia no llega hasta que los padres falten. Mientras tanto, él sigue durmiendo en el maletero, con dolores de espalda propios de quien pasa los 40. «Lobito hubiera sido más feliz en otra época más simple», sentencian algunos. Pero la época no es simple, y los mecánicos, como el resto del sistema, no trabajan gratis.