Cuarta Milonga y el declive de un Intermedio sin público
El Intermedio ha dejado de meter miedo a la competencia. La promoción de su espacio
Cuarta Milonga, difundida desde la propia cuenta del programa, llega envuelta en grandilocuencia: se anuncia como «el último reducto de este país que se dirige a la dictadura» y como el espacio que «hace las preguntas incómodas que nadie se atreve a formular». Leído con distancia, el cartel suena a broma involuntaria. Lo que un día incomodaba se recibe ahora, sobre todo, con indiferencia.
¿Por qué se sostiene que El Intermedio ha perdido audiencia?
Porque el repaso que se hace de su trayectoria dibuja un desplome: el formato habría pasado de superar a
El Hormiguero a quedarse por debajo de
Horizonte. Conviene tomarlo como lo que es, una impresión compartida y no una cifra certificada, pero el diagnóstico se repite con un argumento que no depende de los audímetros. El humor, se sostiene, se ha vuelto previsible, atado a un guion que se nota leído en voz alta, y la ironía apunta siempre al mismo lado. Eso cansa. Una parte del público lo resume sin rodeos: el presentador «se nota que lee el teleprompter y a veces fatal».
Un público objetivo que, según el hilo, ya cumple 70 años
El apunte demográfico es el más incómodo de todos. El núcleo de espectadores que sostiene este tipo de espacios se sitúa por encima de los 70 años, según el retrato que se hace del target, mientras que —se afirma— nadie por debajo de los 55 enciende ya la televisión. La consecuencia es mecánica: cada temporada que pasa, la base se reduce sola, sin necesidad de competencia. No es un problema de guion, es un problema de pirámide de edad. Trasladado a la gestión de una tele, es un activo que se deprecia a tipo fijo.
Cuarta Milonga: cuando la promo se emite dos veces
La sección se ha anunciado con dos mensajes casi calcados. Del «último reducto» se pasó a presentarla como «el único programa que habla claro, sin tapujos, sin prejuicios y sin tener ni idea de casi nada». La repetición, lejos de reforzar la marca, se lee como síntoma: el chiste ya se contó. Hay quien ha reconocido haber pensado que el programa ni siquiera seguía emitiéndose, lo que dice bastante del ruido que genera.
El hueco de Beatriz Montañés y el talento que se fue
Un participante evoca con nostalgia la etapa de
Beatriz Montañés, cuando el formato, sostiene, era mejor. El mismo participante recuerda a
Ángel Martín, que se marchó a hacer humor libre sin tragar según qué guiones, y considera a
Dani Mateo un cómico capaz cuando improvisa fuera del formato, no dentro. Sobre el presentador circula incluso un análisis psicológico de su discurso en los Premios Ondas que se detiene en una frase —«Yo tengo el pelo blanco, pero no miento»— y la interpreta como una justificación que nadie había pedido. El detalle, cuando menos, es curioso.
Con estos mimbres, lo razonable es pensar que el formato sobreviva por inercia y por el peso de su marca. Pero si el público que lo sostiene se jubila más rápido de lo que se renueva, ninguna promoción grandilocuente va a tapar el agujero. La duda no es si lo cambiarán: es cuándo.