Colesterol: el dogma que se desmorona y el nuevo paradigma
¿Es el colesterol el verdadero culpable de los infartos o llevamos décadas mirando al sitio equivocado? Durante años nos repitieron que el colesterol alto, y especialmente el LDL, taponaba las arterias como si fuera cal en una tubería. Pero un número creciente de profesionales médicos y estudios están poniendo en cuarentena ese relato, y el giro es más profundo de lo que parece.
La teoría clásica, consolidada desde los años 70-80, sostenía que el colesterol de la dieta y los niveles elevados en sangre eran la causa principal de la aterosclerosis. Sin embargo, la evidencia reciente apunta a que el proceso es mucho más complejo. Varios cardiólogos y endocrinos defienden hoy que el colesterol no es el agente causal, sino un reparador que acude a las arterias dañadas. El verdadero problema sería la inflamación del endotelio —la capa interna de los vasos— provocada por factores como el exceso de azúcar, la resistencia a la insulina o el estrés oxidativo.
La inflamación, no el colesterol, como desencadenante
El argumento que gana terreno es el siguiente: la aterosclerosis no empieza porque el colesterol se deposite, sino porque el endotelio se lesiona. Cuando la pared arterial se inflama, el colesterol LDL acude a reparar el daño. Si la inflamación persiste, se acumula y forma placa. Así, el colesterol sería un bombero que acude al fuego, no el pirómano. Esta visión la defienden facultativos como el doctor Carlos Hernández o el doctor Sergio Mejías, cuyos vídeos circulan entre los círculos críticos con el dogma.
De hecho, se señala que hasta un 75% de los infartos ocurren en personas sin colesterol LDL elevado según los umbrales de riesgo tradicionales. Un dato que pone en entredicho la utilidad de las estatinas como prevención universal.
El fraude de los orígenes y el papel del azúcar
La historia de cómo se construyó la teoría del colesterol es, cuando menos, turbia. Se mencionan estudios fraudulentos y otros comprados por la industria alimentaria para demonizar las grasas y proteger al azúcar. Uno de los casos más célebres es el del estudio de Ancel Keys, que seleccionó solo los países que encajaban en su hipótesis, ignorando los que la contradecían. Mientras, investigaciones que apuntaban al azúcar como responsable fueron silenciadas o desfinanciadas.
Hoy, muchos especialistas sostienen que el verdadero factor de riesgo cardiovascular es la resistencia a la insulina, un estado metabólico que afecta a la mayoría de la población en grado leve. Cuando hay resistencia, el exceso de glucosa en sangre provoca glicación del colesterol LDL, volviéndolo más propenso a oxidarse y a acumularse. Por eso, una persona con LDL alto pero sin resistencia a la insulina puede no tener mayor riesgo, mientras que otra con resistencia y LDL normal puede sufrir un infarto.
El cambio de paradigma es lento pero imparable. Ya no se demoniza el huevo —rico en colesterol— y médicos que antes prohibían las yemas han pedido disculpas públicas. La pregunta que queda en el aire es: ¿cuánto tardará el consenso médico oficial en actualizarse? Mientras, el mantra de "come menos grasa y más cereales" suena cada vez más a eco de otra época.
Las cuentas no cuadran, y el paciente que quiere prevenir un infarto haría bien en mirar más allá del colesterol total. Mirar a la inflamación, a la insulina y, sobre todo, al azúcar.