De Magnitogorsk a Uralvagonzavod: la Rusia construida para la guerra
La acería de Azovstal, en Mariupol, con sus plantas subterráneas y su protección contra bombardeos, dejó de parecer una excentricidad en cuanto la guerra de Ucrania la puso en primera línea. El modelo no nació en Ucrania: la Unión Soviética llevaba décadas levantando industrias gigantes tierra adentro con la idea de que una guerra futura exigiría enormes cantidades de acero y, sobre todo, fábricas a salvo de invasiones y bombardeos. El ejemplo canónico es
Magnitogorsk.
La empresa siderúrgica de Magnitogorsk (MMK), abreviada del ruso Magnitogorskiy Metallurgicheskiy Kombinat, era a partir de 2017
la trigésima compañía siderúrgica más grande del mundo y jugó un papel central en la victoria soviética sobre la Alemania nazi. Ubicada lejos del frente oriental, se convirtió en el principal arsenal militar del país.
Magnitogorsk: por qué se construyó en el fin del mundo
El razonamiento estratégico era sencillo: la defensa de la patria socialista iba a requerir acero y lugares para producirlo tan seguros como fuera posible frente a invasiones y bombardeos. Aunque la idea no se ejecutó del todo en los años treinta, en 1941 y 1942 se aceleró a la desesperada el traslado de lo que no se habían llevado los alemanes. En 1942, según los informes que manejaba Occidente, al menos una fábrica de armamento situada antes cerca de Leningrado había llegado a Magnitogorsk
con llave, culata y cañón, completa, con su personal, y ya entraba en producción.
Tras el ataque a la URSS del 22 de junio de 1941, MMK recibió su primer encargo de armaduras metálicas. El 23 de julio de ese año, su tercer horno de solera produjo la primera colada de acero para el ejército. Se creó una oficina de blindaje, se detuvo la fabricación de tractores y se organizó la producción en masa del
tanque medio T-34. La chapa blindada fabricada a finales de 1941 superó la producción anterior a la guerra. Del ritmo de la fábrica dependía, en palabras de quienes seguían el frente, buena parte del destino del país.
Las ciudades cerradas rusas: acero, tanques y bombas nucleares
Rusia tiene el mayor número de ciudades cerradas del mundo. La política cambió a finales de los ochenta y principios de los noventa y, con la nueva constitución de 1993, pasaron a denominarse formaciones territoriales administrativas cerradas, ZATO. En Nizhny Tagil opera Uralvagonzavod, uno de los mayores complejos industriales del país y
el mayor productor de tanques del mundo. La planta de locomotoras de los Urales, creada como empresa conjunta con Siemens en 2010, proyectaba aumentar la producción de trenes eléctricos y de alta velocidad más de un 35%.
No es solo hierro. JSC Russian Machines, con sede en Moscú y 68.000 empleados, agrupa automoción, componentes, ingeniería ferroviaria, aeronaves y maquinaria agrícola. La United Aircraft Corporation, fundada en 2006 y con 100.000 empleados, integra Ilyushin, Irkut, Mikoyan, Sukhoi, Tupolev y Yakovlev, y desarrolla el Sukhoi Superjet 100 y el Irkut MC-21. Yandex, con más de 30 oficinas en todo el mundo, ocupa el hueco que en España e Italia no tiene nadie.
¿Merece la pena vivir donde se produce el acero?
Aquí el asunto se parte en dos. Hay quien sostiene que la fascinación por esas instalaciones no resiste una visita:
-25 grados, siete horas de sol al día, un asentamiento aislado y tareas pesadas en un entorno saturado de metales pesados. Y hay quien responde con el dato que desmonta el mito de la salud de hierro:
la esperanza de vida al nacer en Rusia ronda los 73 años, ocho menos que la media de la OCDE, que ronda los 81.
Desde el otro lado, la comparación se devuelve hacia Occidente. Se alega que
en Estados Unidos se registraron 120.000 muertes por drogadicción en un año, una cifra per cápita superior a la rusa, y que buena parte del problema del fentanilo nace de la propia prescripción médica. El argumento de fondo es de autoridad moral: quien tiene la casa más sucia no está en condiciones de señalar la del vecino. La respuesta habitual: que la casa del vecino esté peor no limpia la propia.
El pulso de las cifras y el ruido de la propaganda
En este tramo la conversación se envenena. Una corriente sostiene que media Europa no puede siquiera leer la versión rusa de los hechos, que todo lo que llega está filtrado por un relato hostil de décadas, y que Rusia es un país de cultura propia al que se empuja hacia Asia. La contraria responde con datos duros: alcoholismo, suicidios y una demografía que no levanta. Otros recuerdan que la siderurgia es un negocio de volumen con acero de calidad discutida, pensado para uso interno y no para exportar, y que construir una ciudad entera para fabricar un modelo de coche explica muchas cosas.
Entre medias aparece un dato que descoloca a los dos lados: Magnitogorsk no está donde está por estrategia militar refinada, sino porque había una montaña de mineral con una pureza del sesenta por ciento. La montaña mandó más que el Estado Mayor.
Con estas cifras sobre la mesa, el análisis se atasca en un punto exacto. Se puede contar la capacidad industrial de un país, sus empleados, sus tanques y sus coladas de acero, pero no existe una métrica que diga si compensa haber levantado esas factorías donde nadie elegiría vivir. Ese número no lo tiene nadie.