El reemplazo laboral que viene es de robots, no de forasteros
En una planta de China, una línea de producción ensambla un teléfono móvil cada segundo, sin un solo operario humano, las 24 horas del día, los 365 días del año. No es ciencia ficción: es el modelo de «fábrica oscura» que ya funciona y que Amazon, Xiaomi y otros gigantes planean replicar. Mientras el debate público se centra en la inmi gración como supuesta amenaza laboral, los datos apuntan en otra dirección: el verdadero reemplazo es tecnológico, y su escala es de cientos de millones de puestos de trabajo en la próxima década.
Los números que ya están sobre la mesa
Las estimaciones que circulan son contundentes. La inteligencia artificial ya puede reemplazar a casi el 12% de los trabajadores de Estados Unidos, según un análisis difundido por El Español. A escala global, se habla de hasta 300 millones de empleos que podrían desaparecer en los próximos diez años. Morgan Stanley detecta una caída neta del 4% en sectores clave, con especial incidencia en Reino Unido y en la automoción. En España, un estudio de Funcas advierte de que la IA amenaza con destruir 40.000 empleos en la banca en la próxima década, hasta el 25% de las plantillas de las entidades. Y el informe de McKinsey & Company va más lejos: el 60% de las horas de trabajo en España son automatizables, mientras la demanda de IA se ha cuadriplicado.
El mito del programador irremplazable
Uno de los sectores que más resiste la idea de su propia extinción es el de los desarrolladores de software. La lógica es comprensible: si la IA programa, ¿quién la entrena? Pero la realidad es que la herramienta que hoy usan como copiloto está aprendiendo de ellos, y de cientos de miles de programadores en todo el mundo. Quienes la han probado para generar scripts aseguran que en segundos produce lo que antes llevaba semanas de trabajo. La conclusión incómoda es que los programadores podrían estar entre los primeros en caer, no entre los últimos. El argumento de que la IA se quedará para siempre como asistente es, a estas alturas, un ejercicio de fe.
El problema del consumo: los robots no compran pisos
Hay una paradoja que pocos análisis económicos abordan con franqueza: si la automatización elimina empleo y salarios, ¿quién va a comprar lo que las máquinas producen? Los robots no alquilan viviendas, no contratan hipotecas, no se van de vacaciones ni pagan Airbnb. El rentismo inmobiliario, que ha sido el gran negocio de las últimas décadas en España, se enfrenta a un futuro sin inquilinos solventes. La burbuja de los alquileres y la vivienda podría colapsar no por una crisis financiera, sino por la desaparición de la demanda. Es un escenario que algunos analistas describen como «sociedad por castas y todo racionado», donde una minoría con capital controla la producción y el resto sobrevive con ayudas.
La respuesta política: reparto o caos
La historia ofrece un precedente incómodo. Henry Ford entendió que sus trabajadores necesitaban ganar lo suficiente para comprar los coches que fabricaban. Hoy, la pregunta es si los dueños de la tecnología aprenderán esa lección o si preferirán un modelo de miseria rampante, como el que describe la película Elysium. Hay quien sostiene que la IA se está usando sobre todo para meter miedo a los trabajadores, para que acepten condiciones laborales peores, y que el verdadero problema no es la tecnología sino la avaricia. Otros, más escépticos, creen que la automatización es incompatible con la vida humana tal como la conocemos, y que en menos de dos décadas la pregunta no será cuánto paro hay, sino qué papel queda para las personas.
El dato que descoloca: Roman Yampolskiy, experto en IA, advierte que no hablamos de un 10% de paro, sino de un 99%. En cinco años, dice, todo el trabajo físico también podrá automatizarse. Si tiene razón, el debate sobre inmi gración y empleo habrá sido, en el mejor de los casos, una distracción.