¿El Gran Israel? La demografía no acompaña al sueño expansionista
La idea de un "Gran Israel" que se extienda desde el Nilo hasta el Éufrates choca con una realidad incómoda: la propia fragilidad demográfica del proyecto sionista. Mientras los halcones israelíes sueñan con anexiones y guerras preventivas, los números cantan una historia muy distinta.
El talón de Aquiles demográfico
Israel tiene apenas unos 5 millones de judíos –según cifras del debate–, una población que cabe en un barrio de Teherán, como se señaló. Frente a los casi 100 millones de iraníes, sin contar el resto del mundo musulmán, la ecuación es brutal. Pero el problema no es solo externo: internamente, los ultraortodoxos (haredim), que representan el 13% de la población y tienen una tasa de fertilidad de 6,6 hijos por mujer, crecen a un ritmo que amenaza con desdibujar el carácter laico del estado. Se proyecta que en 2065 serán el 32% de la población, y su modelo de vida –exentos del servicio militar y de impuestos– genera tensiones insostenibles.
Expansión o implosión
Frente a este horizonte, la estrategia de fomentar colonias y abrir "franquicias" en Ucrania, Marruecos o Argentina –como se apunta en el análisis– parece un intento de ganar tiempo. Pero el combustible demográfico escasea: los colonos laicos no se reproducen lo suficiente, y los haredim, aunque prolíficos, no comparten el proyecto nacionalista expansionista. La paradoja es que el sionismo más agresivo se alimenta de una base que se reduce o se desvía ideológicamente.
¿Y el armamento nuclear?
En un giro irónico, algunos participantes del debate señalan que Irán se ha ganado el derecho a la bomba atómica tras las agresiones sufridas. La Operación Sansón –la doctrina de represalia nuclear israelí– sería la última carta de un Estado que, numéricamente, no puede sostener una guerra convencional prolongada. La bomba, en manos de cualquiera, nivela el tablero.
El relato del Gran Israel se enfrenta a una contradicción insoluble: para expandirse necesita gente, pero la gente que produce –los ultraortodoxos– no quiere expandirse, y la que quiere expandirse –laicos– no se reproduce. La pregunta que nadie responde es: ¿puede un estado con 5 millones de habitantes, dividido internamente, aspirar a dominar Oriente Próximo? El dato sugiere que no, pero el ruido de sables lo oculta.
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