El Gobierno esquiva en directo las preguntas de un periodista acreditado
Un periodista acreditado en el Congreso de los Diputados pregunta a un ministro si el Ejecutivo condena la orden de detención contra el presidente electo de Venezuela. El ministro no responde. La escena se repite con una vicepresidenta, con un portavoz parlamentario y con la líder de un partido. Todas las preguntas comparten el mismo destino: el vacío. Y todas, sin excepción, acaban convertidas en un vídeo que corre más que cualquier respuesta.
El episodio, difundido en redes por el propio autor de las preguntas, ha reabierto un pulso viejo: quién decide qué es periodismo y quién tiene derecho a preguntar en el pasillo de una cámara legislativa. La respuesta oficial, de momento, es el silencio.
Qué pasó exactamente en los pasillos del Congreso
El patrón se repite con una mecánica casi coreográfica. El informador se acerca, formula la pregunta, y el político gira la cabeza, acelera el paso o responde con una descalificación genérica. En uno de los episodios recogidos, la pregunta versaba sobre la condena a la orden de detención contra el presidente electo de Venezuela. En otro, sobre la cesión de tributos a Cataluña y una supuesta negación previa. En un tercero, sobre la gestión ferroviaria.
Ninguna de esas preguntas obtuvo respuesta. Lo que sí obtuvo fue difusión: cada encontronazo se convirtió en un clip con miles de reproducciones. Hay quien sostiene que ese es, precisamente, el objetivo —el desplante como producto— y quien responde que si la pregunta es legítima, el silencio es la noticia.
¿Es periodista quien pregunta sin titulación específica?
El debate derivó rápido hacia el carné. Una parte de los intervinientes recordó que la acreditación ante el Congreso no exige haber terminado la carrera de Periodismo, y enumeró casos conocidos: presentadores y comunicadores con formación en Medicina, Filología o Publicidad que ejercen el oficio desde hace décadas. El argumento es simple: el oficio se demuestra ejerciendo, no con un título colgado en la pared.
La otra mitad señala la asimetría. Un comunicador sin licenciatura que dirige un medio digital ha explicado públicamente que estudió Periodismo pero no terminó la carrera, y que ese dato se usa contra él de forma sistemática. Sus defensores ven ahí una vara de medir distinta según el color del medio. Sus críticos replican que la acreditación no convierte cualquier pregunta en periodismo.
El desplante como estrategia de crecimiento
Aquí aparece el análisis menos sentimental y más incómodo. Un clip de un político ignorando a un informador genera más tráfico que la respuesta más elaborada. La contestación del político no le interesa a casi nadie; el gesto de desprecio, sí. Se comparte, se comenta, se viraliza. Quien lo provoca gana seguidores por encima de su competencia, y quien lo protagoniza pierde la oportunidad de fijar su posición.
Ese cálculo, frío y cínico, explica por qué el formato funciona aunque nadie salga bien parado. El político queda como alguien que esconde algo —en el imaginario popular, quien no contesta tiene algo que ocultar— y el informador queda como el que pregunta lo que otros no se atreven. La victoria, en términos de audiencia, es de quien se lleva el corte.
La acusación que se lanza en ambas direcciones
El intercambio verbal no se queda en el pasillo. En el cruce de mensajes aparece la etiqueta de siempre, la que cierra cualquier discusión: fascista. Se lanza contra el informador y contra quien lo defiende; se devuelve contra quienes niegan la acreditación o piden silenciarlo. La palabra ha perdido tanto filo que ya no distingue nada.
Hay quien apunta a un doble rasero: si un medio afín hiciera lo mismo con un cargo del partido contrario, la reacción institucional sería inmediata. Y hay quien responde que comparar coberturas no convierte una pregunta en acoso. El intercambio, como casi siempre, acaba en el terreno de la intención atribuida, no en el de los hechos.
El silencio como respuesta política
La pregunta de fondo sigue sin contestar: ¿por qué no responder? Un ministro puede decir que no comenta asuntos exteriores en un pasillo. Puede decir que no es el foro. Puede decir cualquier cosa. No decir nada es una decisión, y tiene coste: alimenta la sospecha de que hay algo que no conviene poner por escrito.
En el lado contrario, la estrategia del vacío también tiene lógica. Responder a según qué preguntas equivale a legitimar al interlocutor, y en política la legitimación es un recurso escaso. Negarla es, en sí misma, una postura. El problema es que esa postura se comunica sola, sin matices, en un clip de quince segundos.
Queda el dato que descoloca: las preguntas sin respuesta son las que más se ven. La información, en este formato, ya no está en la contestación del político, sino en el gesto de quien decide no darla.