Francia alerta de una economía «catastrófica»
El primer ministro francés, François Bayrou, dibujó un panorama sin adornos: un país que «no produce lo suficiente y no trabaja lo suficiente», pero que sostiene «el nivel de gasto público más elevado del mundo». La advertencia no llegó sola. Llega después de que Francia haya ido perdiendo pie en el Sahel, con la salida de sus tropas y el desmoronamiento de su influencia en antiguas colonias, y con una industria que, según el diagnóstico más repetido en el debate, no aguanta el pulso con la competencia china. El resultado, según los participantes, es una mezcla incómoda: endeudamiento al alza, presión fiscal récord y una población activa que cada vez carga con más inactivos.
Qué dijo Bayrou y por qué se interpreta como un aviso
El mensaje del primer ministro no fue un simple ejercicio de retórica. Al hablar de un país que «no produce lo suficiente y no trabaja lo suficiente» y que tiene «el nivel de gasto público más elevado del mundo», Bayrou puso cifras a un malestar que llevaba tiempo circulando por los mentideros económicos. El gasto público francés es, en términos relativos, el más alto del planeta, y eso se traduce en un endeudamiento que, según el propio Gobierno, amenaza con estrangular al país.
La lectura más inmediata es que Francia ha vivido por encima de sus posibilidades durante décadas y que ahora toca ajustar. Hay quien sostiene que el aviso es una forma de preparar el terreno para recortes en prestaciones y ayudas sociales, y que el Ejecutivo busca culpabilizar a los beneficiarios antes de tocar el gasto. En contra pesa el argumento de que el problema no es solo de gasto, sino de ingresos: si la economía no crece, cualquier recorte se queda corto.
La pérdida de África y el golpe a la industria francesa
Uno de los hilos argumentales más repetidos es que Francia ha sido algo en el mundo mientras desangraba África. La salida forzada del Sahel, con Rusia y China ganando terreno, se interpreta como el fin de una fuente de recursos y de influencia que sostenía parte del entramado industrial y energético francés. Sin el uranio africano, sin el petróleo y sin el control de determinadas rutas, la capacidad de mantener una industria nuclear y aeronáutica competitiva se pone en cuestión.
El cálculo más optimista asume que Francia tiene más industria de la que muchos imaginan y que puede reorientarse. El escenario pesimista parte de que esa industria ya está siendo exterminada por la competencia china y que, sin el colchón africano, el ajuste será mucho más duro. En medio, una certeza: el país galo ha perdido peso en el continente y eso tiene consecuencias económicas que van más allá de la geopolítica.
Inmigración, gasto social y el efecto llamada hacia España
La discusión deriva con frecuencia hacia el vínculo entre inmigración y sostenibilidad del Estado del bienestar. Se argumenta que Francia ha importado población para pagar las pensiones y que el resultado ha sido una presión añadida sobre las cuentas públicas. Otras voces rechazan esa relación y sostienen que el problema es de estructura productiva, no de quién recibe las ayudas.
Lo que sí aparece como temor compartido es el efecto dominó. Si Francia endurece su política migratoria o si su economía se deteriora hasta el punto de expulsar población, España, con frontera terrestre y libre circulación, sería el destino natural de ese flujo. El cálculo que circula habla de millones de personas en movimiento y de una presión que, de materializarse, pillaría a las cuentas españolas sin margen de maniobra.
El paralelismo con España y el relato oficial
La comparación con España es inevitable. Se recuerda que durante la pandemia se detuvo la actividad durante meses y los datos oficiales de paro apenas se movieron, un fenómeno que muchos interpretaron como una señal de que las cifras no reflejan la realidad. La sospecha de que el Gobierno maquilla los datos cuando conviene planea sobre cualquier discusión económica.
El argumento que más se repite es que España no está en mejor posición: gasto público creciente, población inactiva al alza y una economía que depende de sectores volátiles. La diferencia es que Francia al menos lo admite. Aquí, se dice, cualquier escenario catastrófico se despacharía con un «todo marcha conforme a lo previsto».
Qué puede pasar ahora
El Gobierno francés tiene por delante la tarea de cuadrar unas cuentas que no cuadran. Los recortes en prestaciones y ayudas sociales aparecen como la vía más probable, aunque políticamente costosa. La alternativa, subir impuestos, choca con una presión fiscal ya de por sí elevada.
Mientras tanto, la pérdida de influencia en África sigue su curso y la competencia china no da tregua. El resultado es un país que ha vivido de rentas —coloniales, industriales, sociales— y que ahora descubre que las rentas se agotan. Lo que pase en Francia no se queda en Francia: la frontera es permeable y los problemas también.