Ucrania pierde Rabotino y encadena una veintena de localidades caídas en 2024
¿Se está desmoronando el frente ucraniano? La pregunta reaparece cada pocas semanas y cada pocas semanas alguien la da por resuelta antes de tiempo. Lo que admite ya poco margen de interpretación es el recuento territorial:
15 poblaciones, 5 pueblos y una ciudad han pasado a control ruso a lo largo de 2024, con Avdiivka como la pieza mayor. A esa lista se ha sumado Rabotino, el pueblo que Ucrania presentó como el gran resultado de su contraofensiva y que ahora vuelve al otro lado del marcador. Mientras, el jefe del ejército ucraniano reconoce una
retirada táctica en varios sectores. Y Washington mantiene un paquete de armamento valorado en
60.000 millones de dólares cuyo efecto sobre el terreno sigue siendo objeto de disputa.
¿Qué localidades ha tomado Rusia en 2024?
El inventario es prolijo y poco lucido para el relato oficial. En el capítulo de poblaciones figuran Vesele, Krokhmalne, Tabaivka, Pobeda, Sjeverne, Stepove, Tonenke, Berdychi, Nevel's'ke, Myrne, Pervomaiske, Bohdanivka, Novoakhmutivka, Semenivka y Soloviove. Entre los pueblos, Lastochkino, Orlivka, Ivanivske, Novomikhailovka y Ocheretyne. Y en el de ciudades, una: Avdiivka. A ese balance se añade Rabotino, donde el avance se ha escenificado con la bandera de un regimiento ruso izada en el extrarradio norte mientras las unidades ucranianas se replegaban.
Para dimensionar lo que eso significa conviene recordar el precio. La toma de Rabotino durante la contraofensiva ucraniana se vendió como un éxito de primer orden; ahora se contabiliza, en los recuentos que circulan, con
160.000 bajas y un número indeterminado de carros de combate de origen occidental destruidos. Mucho sacrificio para volver al punto de partida.
Las cifras de deserción que nadie confirma
El número que más incomoda no está en ningún mapa. Los cálculos que manejan los canales de seguimiento del conflicto hablan de
más de 100.000 desertores en el ejército ucraniano, una cantidad superior a la que la nueva ley de movilización aspira a reclutar en la práctica. Otras estimaciones elevan el goteo a entre 4.000 y 15.000 hombres al mes, y algunas fuentes elevan el total a 250.000. Ninguna procede de una fuente oficial ucraniana, y ahí está el problema: son cifras que se citan, se rebaten y no se publican.
Sobre el funcionamiento del reclutamiento circulan relatos difíciles de verificar y muy repetidos: que los declarados desaparecidos siguen de alta en el ejército —lo que impide volver a movilizarlos—, que la ley aprobada es más blanda que la práctica real en la calle y que los equipos de reclutamiento operan con métodos que poco tienen que ver con el procedimiento escrito. Se afirma incluso que hay espacio para alojar a decenas de miles de reclusos:
45.000 presos y cerca de 70.000 plazas disponibles. El cuello de botella no sería el sitio, sino encontrar a quien ya no quiere estar allí.
¿Por qué 60.000 millones no bastan?
Porque el dinero compra material, no infantería. Ese es el eje del argumento que reaparece cada vez que Estados Unidos anuncia un tramo de ayuda: el paquete de
60.000 millones de dólares en armamento engorda el presupuesto de la industria, pero no resuelve quién sostiene el fusil en una trinchera. La objeción contraria tiene recorrido: si el objetivo es desgastar a un rival estratégico, la factura sale barata comparada con el coste de hacerlo uno mismo.
La polémica arrastra además el ciclo de las armas milagro. Los ATACMS son la última incorporación a una lista que ya ha incluido carros de combate, artillería de precisión y sistemas antiaéreos, presentados sucesivamente como el elemento que cambiaría la guerra. Ninguno lo ha hecho por sí solo. Y hay una tercera línea de crítica, menos estratégica y más incómoda: que ese dinero se destine a armamento mientras hay necesidades humanitarias sin cubrir.
La aritmética demográfica
Aquí el debate se vuelve incómodo. Rusia dispondría, según los cálculos que circulan, de
50 millones de hombres entre 18 y 60 años en sus casas; Ucrania, de unos 2 millones de esa franja que además han salido del país. Sobre ese diferencial se sostiene el argumento más repetido: el tiempo juega a favor de Moscú y en contra de Kiev, por mucho material que llegue del exterior.
La conclusión que algunos extraen —que si hiciera falta se declararía una guerra total y todos irían al frente— es justamente la que otros consideran el escenario a evitar. Declarar el estado de guerra no es un gesto simbólico: una cosa es firmar el decreto y otra muy distinta que la guerra venga a buscarte.
Mientras las listas de localidades se alargan y los balances de bajas se cruzan sin cuadrar, la única cifra que nadie discute es la que no existe: cuántos de esos 100.000 hombres volverán a coger un fusil. Por ahora la cuenta de pueblos perdidos crece sola, sin necesidad de propaganda.