Cuentas de un solo tema y actividad continua: la sospecha de bronca programada
La polarización de los espacios de discusión digital no es espontánea para muchos de los participantes: hay quien sostiene que es un producto fabricado. En un tablón de seguimiento de la actualidad internacional, la sospecha de que existen cuentas creadas o reactivadas con un único fin —enfrentar— ha pasado de comentario suelto a tesis central de una conversación que supera los cientos de respuestas. Nadie ha exhibido contratos, facturas ni instrucciones. El patrón que se describe, eso sí, es concreto: registros nuevos o muy viejos con pocos mensajes, actividad a cualquier hora,
un solo asunto y ninguna concesión.
Qué es una cuenta monotema y en qué se nota
La definición que circula es sencilla: aquella que solo habla de un asunto y siempre desde el mismo prisma. Quien sigue la actualidad suele alternar temas, dudar, conceder algo, cambiar de criterio a la vista de un dato. Esa cuenta no. Sobre la OTAN, Ucrania o Israel repite la consigna y desaparece cuando el asunto se agota.
No busca convencer: busca ocupar el espacio, hacer ruido y acallar. La comparación que más se repite en el análisis es la del obsesionado con una única verdad: se le puede discutir con argumentos falaces, pero nunca se le saca de ahí.
Un rasgo se repite en casi todas las descripciones: la falta de argumentación y el exceso de descalificación. Frente al que aporta una cifra, una fuente o una experiencia propia, la cuenta de un solo tema responde con etiquetas. Y cuando alguien detecta un sitio donde otros coinciden aunque sea tibamente con su tesis, acude en masa a hacer proselitismo y compite por ser
el más puro, el más radical, el más dogmático.
Pandemia, Ucrania y Oriente Próximo: tres olas de ruido
El repunte no se sitúa en un solo momento. Una corriente lo data en la crisis sanitaria, cuando se generalizó la etiqueta despectiva contra quien no comulgaba con el relato dominante. Otra señala la guerra de Ucrania como el salto cualitativo: ahí aparecieron
cuentas que solo trataban el conflicto y nunca ningún otro asunto relacionado, con imágenes explícitas y sin aviso previo. Con la reactivación de Oriente Próximo volvieron a moverse perfiles que llevaban tiempo parados.
El diagnóstico de fondo, según uno de los participantes, no depende del episodio: hay más crispación que hace diez años y muchísima más que antes de la burbuja inmobiliaria de 2008. Lo que se discute es si eso es una deriva de la sociedad o un trabajo organizado. La mecánica digital, apuntan algunos, ayuda lo suyo:
un mundo de unos y ceros en el que la equidistancia no vale y todo se ordena en dos bandos.
¿Cuántas cuentas puede mover una sola persona?
Aquí las cifras son estimaciones, no auditorías. Circula el cálculo de que un gestor de comunidades puede controlar
hasta 50 perfiles en un mismo espacio de discusión y de que en las
redes sociales grandes la cifra llega a 1.500 por profesional. Que un perfil sea nuevo, o viejo y con pocos mensajes, no prueba nada por sí solo: lo relevante es la combinación con el monotema y con la disponibilidad a todas horas.
La conclusión que se extrae es incómoda para la escala del problema: el volumen de ruido necesario para desviar una conversación está al alcance de muy pocas manos. Y explica por qué, cuando el asunto cambia, el personal cambia con él.
El bloqueo sirve, pero no limpia el terreno
La herramienta más usada es el bloqueo. Un recuento personal lo ilustra:
más de 300 cuentas bloqueadas, ninguna por discrepar y todas por trolear. Otros lo defienden como filtro imprescindible sin el cual el tiempo invertido no compensa. Frente a eso, la objeción es que tapar no arregla nada: quien debería intervenir se inhibe, el problema sigue actuando y el que bloquea se pone la venda.
Varias voces sostienen que la moderación aparece cuando conviene y desaparece cuando el señalado resulta útil, e incluso que se retiran copias de contenidos dejando intactos los originales. Es una imputación sin constatar y con acusaciones cruzadas de por medio. Lo único comprobable es el resultado: la sensación de impunidad de quien solo viene a encender la mecha.
Quién gana con el ruido
Más interacción es mejor métrica, y el ruido la produce. Ese es el incentivo perverso que se señala:
el odio impide el diálogo, la falta de diálogo impide el entendimiento y la desunión hace el resto. El coste lo pagan quienes traían información útil, que se cansan y se van, y los temas trabajados con esfuerzo, que caen al fondo en minutos mientras la bronca se queda arriba.
La lectura opuesta también tiene defensores. La polarización es social, no solo digital, y siempre hubo obsesionados con una única verdad a quienes un pueblo pequeño les habría servido de auditorio. Cambia el medio, no la especie.
El patrón está descrito; las pruebas, por ahora, no aparecen. Si la tendencia se mantiene tal como se ha contado hasta aquí, cabe esperar que el ruido crezca con cada nuevo episodio internacional y que la conversación útil se refugie en círculos pequeños. Cabe esperar, también, que no sea así: nadie ha demostrado todavía quién paga la factura.