FNAC se reduce a un piso: la decadencia del templo del formato físico
Imaginen una gran superficie cultural que durante años fue parada obligatoria: estanterías infinitas de discos, películas, libros y videojuegos. Ahora recorrer una FNAC en España es toparse con un solo piso donde se amontonan webcams, fundas de móvil y un puñado de blu-rays. El 80% del stock ha desaparecido. La cadena francesa no ha quebrado, pero se está apagando piso a piso, ciudad a ciudad.
El minorista zombi
La estrategia es la del cangrejo que va perdiendo patas hasta quedar en caparazón. Primero cerraron el de Sevilla centro, con sus cuatro plantas, hace ya una década; luego Alicante desapareció del mapa. Los que quedan se reabren tras meses de obras con medio edificio clausurado. La explicación económica es simple: alquileres firmados en otra época y márgenes que ya no cuadran con lo que vende un piso entero de blu-rays. Recortar metros es la única vía para mantener la fachada de presencia física sin sangrar.
El ejemplo de Palma es paradigmático: una tienda abierta en 2019 en pleno centro, con una renta de 8.000 euros al mes, para vender tazas, auriculares y funkos a turistas. El propietario del suelo manda; la cadena solo hace de intermediaria entre el banco y el visitante.
El fin del soporte físico
El argumento más sólido es la digitalización. La música, el cine y los videojuegos ya no necesitan caja. Amazon vende más barato y lo trae a casa. El formato físico agoniza: primero desaparecieron los CD, luego los DVD, ahora hasta Sony deja de fabricar discos para PlayStation. Quien defiende que aún hay espacio para el objeto físico apunta a los vinilos y a los libros, pero son nicho. Y el público que debería sostener esa demanda, la franja de 20 a 50 años, llega justa de dinero. El resultado: la sección cultural de FNAC es hoy más pequeña que la de cualquier gran almacén.
¿Qué queda en las estanterías?
El visitante que busca cultura se encuentra con que la mitad de la superficie se ha reconvertido en merchandising para adultos-niño: peluches, figuras de coleccionista y, lo que más se vende, fundas para el móvil. La sección de libros aguanta, pero la de música y cine se ha encogido. Hay quien resume la reapertura del FNAC de Callao con una ocurrencia: más de la mitad de las plantas dedicadas a chorradas cuquis. Y ya ni preguntan por el laserdisc: no queda sitio para reliquias. Mientras, en Portugal, la misma tienda es un hervidero. La pregunta es si la culpa es de la digitalización o de la propia estrategia de la cadena.
El contraste luso
Portugal desmonta el discurso del fin del formato físico. Allí, según quienes cruzan la frontera, las FNAC son setas: las hay hasta en ciudades medianas y los centros comerciales están abarrotados. La misma cadena, el mismo modelo, resultados opuestos. ¿Qué explica la diferencia? La respuesta no está en los datos disponibles, pero invita a pensar que la decadencia española no es solo una cuestión de formato, sino de país: poder adquisitivo, cultura del consumo y estructura comercial también cuentan.
La imagen final es la de un gigante que se desinfla sin estrépito. Mientras en Portugal los pasillos se llenan, en España las tiendas se reducen a mostradores de peluches y fundas de teléfono. Nadie sabe si FNAC acabará convertida en una página web más o pasará a la historia como los PC City. Pero hay un dato que descoloca: la renta de 8.000 euros al mes de Palma. Con ese alquiler, hasta el último peluche tiene que venderse a precio de oro. El suelo siempre gana.