Baizuo, el insulto chino que ridiculiza a la izquierda woke
«Baizuo» es la etiqueta que corre por las redes chinas para burlarse de la izquierda occidental que aplaude a Pekín mientras defiende en su casa el ideario progresista. El término, traducible como
izquierdista blanco, denuncia un cóctel de paternalismo moral y desconocimiento de la China real. Sobre el fenómeno progre ridiculizado en China se cruzan dos tesis que apenas se hablan: que el progresismo es una imposición del capital anglosajón, o que es un movimiento social que se expande solo, también dentro del país. Los datos que aparecen en el intercambio no cierran el caso. Más bien lo abren.
¿Qué es baizuo y por qué se ridiculiza al progresismo occidental?
El concepto funciona como arma retórica. Señala al occidental que idealiza el modelo chino sin conocerlo y, a la vez, exporta a su país las políticas identitarias que Pekín frena en el suyo. Hay quien sostiene que ese ridículo esconde una crítica más dura: que la izquierda complaciente ha sido diseñada por capitalistas neoliberales para desactivar la soberanía de los Estados. La acusación, repetida con sorna, apunta a los grandes fondos de inversión —se menciona BlackRock— como los que marcan cada giro cultural. Un día toca el cambio climático, otro el transexualismo, y los políticos lo aplican de inmediato.
La vuelta de tuerca llega desde el otro lado. Si el wokismo fuera solo una imposición externa, no arraigaría entre la gente joven china, donde convive con un feminismo empoderado en expansión. Ahí el ridículo al baizuo se vuelve incómodo, porque el fenómeno que se desprecia en la vitrina occidental también se cuela por la puerta de atrás del país que se pone de ejemplo.
¿Cuál es la situación del colectivo LGTB en China?
Los datos se pelean entre sí. No hay desfiles por las calles, pero sí fiestas en locales privados, y cuando se celebran se cuida no molestar a las autoridades. Una corriente defiende que Pekín no es homófobo: simplemente no permite el escándalo público ni la propaganda, y combate lo que llama corrupción de costumbres mientras dice respetar una suerte de derecho natural.
La otra corriente aporta el dato que descoloca:
Blued, lanzada en 2012 en China, es la mayor red social para el colectivo del mundo, con más de
40 millones de usuarios en 193 países. Existen locales de ambiente conocidos, como uno de Shenzhen, y en 2020 algunas celebraciones dejaron de hacerse por el aumento del control sobre el ocio nocturno. Que no haya carrozas no significa que el fenómeno no crezca, se argumenta; significa que se mueve en privado. En Madrid, para comparar, Chueca ya era el barrio de ambiente en los ochenta y la primera celebración del orgullo se remonta a
1978.
El modelo chino frente al globalismo woke anglosajón
Pekín puede gustar o no, pero una parte del análisis lo pone como espejo de lo que Occidente ha perdido. El Estado chino controla la propaganda y frena los movimientos identitarios, no por homofobia, sostiene esta lectura, sino porque los considera submarinos del Imperio Liberal para erosionar la cohesión nacional de los Estados soberanos. Contra esos movimientos habría además razones demográficas de fondo: desequilibrio entre sexos, hipergamia urbana, presión familiar y un techo de cristal real en muchos ámbitos.
Frente a eso, la réplica es que el chino medio que dice sentirse libre lo dice desde su mentalidad, cultivada tras generaciones de privación y arbitrariedad. La comparación con el franquismo se queda corta, según esta postura:
50 millones de muertos en el Gran Salto Adelante frente a un 10% de españoles.
¿Cuántos chinos han salido de la pobreza y a qué coste?
El dato estrella del bando que defiende al Partido es contundente:
900 millones de chinos fuera de la pobreza en 20 años. A eso se suma que Pekín protege la soberanía y, en la lectura oficialista, ha construido una clase media con meritocracia empresarial y algo de nepotismo estatal. El país se describe como un Estado que usa el capitalismo para avanzar, de corte tradicional y nacionalista, pragmático en lo comercial.
El reverso pesa. La
caída del 50% de los nacimientos en cuatro años apunta a un modelo que no resuelve su propia reproducción, con la incorporación masiva de la mujer al trabajo y un problema añadido de desequilibrio demográfico. Para el bando crítico, ese éxito convive con una moral impuesta y una salud social que se agrieta.
¿Por qué se dice que el wokismo lo impone el capital?
La tesis más repetida es que no hay libertad para degenerarse o no, porque la degeneración está promocionada. Los grandes conglomerados disparan una consigna y en semanas está en colegios, telediarios y leyes de todos los países de la órbita atlántica. El progre no sería un movimiento social, sino una mercancía cultural con dueño y factura.
La contra es sencilla: también en China crece el fenómeno, y no lo financia BlackRock. Si el capital pudiera imponerlo todo, no necesitaría fronteras. La disputa no es menor, porque de ella depende si el wokismo es una conspiración con nombre y apellidos o un fenómeno social con raíces propias. Y las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
Con 40 millones de usuarios de una app gay china y una natalidad desplomándose, la pregunta no es si el progresismo llegará a China. Es qué versión llegará y quién la pagará. Nadie ha dado aún esa cifra.