El enemigo no es Putin: la tesis que reordena el tablero
El 2 de marzo de 2022 la Unión Europea cortó la emisión de Russia Today en suelo comunitario. Sin declaración de guerra previa. Ese detalle, que pasó casi desapercibido entre el ruido de sirenas informativas, es el eje de una tesis que circula con fuerza creciente: la censura de un medio extranjero no protege a nadie, degrada a quien la aplaude. El argumento de fondo es incómodo y va contra la corriente: si tus autoridades deciden a qué fuentes puedes acceder, el problema no es el medio bloqueado, eres tú.
Qué cambió en tres semanas de COVID a Ucrania
La primera observación del planteamiento es de calendario. En cuestión de días, el COVID desapareció de la conversación pública y la vacuna cayó en el olvido. ¿Qué había cambiado respecto a tres semanas antes? Nada objetivo. Solo el foco. El mismo mecanismo que convirtió cualquier duda sobre confinamientos o toques de queda en una etiqueta infamante —
negacionista— se replica ahora con quien cuestiona el relato único sobre el conflicto: el epíteto sustituye al argumento.
Hay quien sostiene que la comparación es tramposa y que la invasión de Ucrania es, objetivamente, la noticia más relevante del momento, con evolución minuto a minuto. Es cierto. También es cierto que la relevancia de un hecho no explica la desaparición súbita del anterior, ni convierte en sospechoso a quien pide ver las dos versiones.
El cierre de RT y el precedente que nadie quiere mirar
El bloqueo de Russia Today en el espacio comunitario se ejecutó sin declaración de guerra previa. El planteamiento lo formula sin ambigüedad: con independencia de lo que se piense de Rusia, con independencia de que RT sea propaganda, impedir el acceso a un medio concreto es una agresión contra el ciudadano aunque ese ciudadano no tuviera intención de verlo. Si te impiden acceder a la información del otro bando, te impiden formar criterio propio.
La respuesta más repetida en contra tiene su lógica:
el libre pensamiento no consiste en dar púlpito a quien financia la guerra. El contraargumento es que ese mismo razonamiento se aplicó a Lukashenko con Wikipedia, a Erdogan con la misma enciclopedia y a China con casi todo lo que no fuera Microsoft. Occidente acaba de incorporarse a esa lista.
La factura económica: quién paga y quién cobra
El tramo más pegajoso del planteamiento es el económico. La tesis es que las consecuencias de la guerra las paga el ciudadano de a pie: comida más cara, combustible más caro, más impuestos y una caída del nivel de vida sin precedentes recientes. Y que el pretexto —Putin, la guerra— sirve para justificar lo que ya venía.
El matiz que introduce el propio planteamiento es el más lúcido: para el ruso medio, el sacrificio puede tener una compensación moral, la madre patria. Para un español, ninguna. Se hacen sacrificios por Ucrania cuando buena parte de la población sería incapaz de ubicarla en un mapa. Mientras, los promotores del conflicto en ambos bandos salen más ricos y más poderosos respecto al ciudadano que paga.
La lista de enemigos: ni dos bandos ni uno solo
La discusión se enreda cuando alguien intenta ordenar el tablero. Una corriente defiende que el enemigo inmediato no es Moscú sino el propio Estado, sus medios y su agenda regulatoria. Otra responde que eso es un juego de palabras peligroso: puede que Occidente tenga intereses propios, pero un mundo gobernado por Washington es preferible a uno gobernado por Moscú o Pekín, y quien no distingue entre males mayores y menores se equivoca de adversario.
El punto de fricción real es otro. La mayoría coincide en que los medios no están al servicio del ciudadano, sino de sus propios intereses: si hoy vende el COVID, venden COVID; si mañana vende Ucrania, venden Ucrania. La discrepancia es qué se hace con esa desconfianza. Unos concluyen que hay que dejar de mirar la pantalla y mirar la factura. Otros avisan de que ese escepticismo selectivo —dudar de todo medio propio y creerse el relato ajeno— es exactamente lo que busca el adversario.
La pregunta que queda sin cerrar
El bloqueo de RT sigue vigente. La factura energética y alimentaria sigue subiendo. Y la etiqueta que antes se pegaba al disidente sanitario se recicla ahora para el disidente geopolítico, con el mismo resultado: fuera del debate público. El cálculo completo de lo que cuesta el conflicto a una familia media española, partida a partida, es el material que nadie ha desglosado del todo. Ahí sigue la discusión, exactamente donde empezó.