El ejército ruso, señalado por abusos sexuales y prostitución
Las acusaciones de prostitución masculina y de abusos sexuales dentro del ejército ruso llevan años circulando con apoyos concretos:
The Guardian,
NBC News y un archivo de relatos personales. La recopilación que devuelve el asunto a la conversación llega con una pregunta envenenada: ¿esta tropa es de verdad la que defiende la Europa tradicional y cristiana? La respuesta inmediata no es un dato. Es una pelea por el marco.
Porque en el fondo de la denuncia no hay una cuestión de orientación sexual. Hay una cuestión de
explotación: sueldos miserables, veteranos que someten a los recién llegados y una red que, según se sostiene, se lleva su parte. Todo lo demás —el adjetivo fácil, el chiste, el apodo— sobra, y no siempre sobra por casualidad.
Qué se denuncia cuando se habla de prostitución en el ejército ruso
Una de las tesis más repetidas sostiene que la mafia rusa gestiona un negocio de esclavitud sexual con soldados que cobran una miseria y que la propia estructura militar lo tolera. Es una acusación grave y en el material disponible no aparece ninguna sentencia firme detrás: se apoya en testimonios y en reportajes de medios internacionales, y como tal hay que leerla.
Denuncia, no veredicto.
El segundo argumento pone el foco en el tipo de ejército, no en las personas que lo forman: disciplina por castigo, permisos escasos, jerarquías cerradas y unos ingresos que empujan a muchos reclutas a buscarse la vida como pueden. El resultado, se argumenta, es un caldo de cultivo para el abuso. Y eso, se insiste, no tiene nada que ver con a quién se prefiere.
¿Son vídeos reales del ejército ruso o producciones pornográficas?
La respuesta más repetida apunta a lo segundo. El material que circula atribuido a soldados rusos se parece demasiado a un género con mercado propio: la industria del porno gay con uniformes, que se rueda en media Europa sin necesidad de pisar un cuartel. Se sostiene incluso que los cientos o miles de vídeos comparten las mismas caras, que quien los ve con frecuencia acaba reconociendo a los actores y que la mayoría no se graba en Rusia.
La paradoja que acompaña al argumento es que en Rusia la homosexualidad está perseguida, así que el negocio, si existe, trabaja fuera. Un uniforme se compra, un decorado se alquila y a otra cosa. Conclusión de esta corriente: un vídeo no prueba una red de prostitución. Prueba, como mucho, que alguien pagó por el disfraz.
La doble vara de medir: Polonia, Chequia y Esparta
El contraataque más incómodo apunta al mapa. Hay quien recuerda que
Polonia y la República Checa figuran entre las zonas de Europa donde más pornografía gay se produce, con Chequia en un lugar destacado de esa estadística informal. Y de ahí salta la ironía: los países que se venden como baluartes de la fe no salen precisamente castos en la foto del mercado.
La digresión histórica se cuela sola. Un participante cita al historiador César Fornis para defender que en Esparta la homosexualidad era considerada un pilar del Estado y que en las comidas solo de hombres los veteranos llevaban a sus amantes con total tranquilidad. El batallón sagrado de Tebas, reunido por Górgidas en el 375 a.C., funciona como ejemplo recurrente. La réplica llega rápida: que en Esparta se apedreaba al respecto en la plaza y que los 300 eran todos padres de familia, porque Leonidas solo reclutó a quienes ya tenían hijos y no temían morir.
Azov, Tornado y la factura de la propaganda
La primera línea de respuesta a las acusaciones rara vez es una negación. Es una redirección: medios supuestamente alineados con la OTAN, imparcialidad en entredicho y un contraataque inmediato. Sobre el batallón Tornado y sobre Azov circulan acusaciones de abusos, y a Azov se le atribuye el uso de escudos humanos. Son imputaciones sin condena firme, lanzadas como moneda de cambio.
El razonamiento que las acompaña es que todos los ejércitos registran casos parecidos, de modo que señalar a los rusos sería hipocresía pura. Frente a eso pesa otro argumento: la diferencia no está en que el abuso exista en todas partes, sino en el relato con el que se vende la tropa. No es lo mismo un caso en un ejército que no se presenta como cruzada moral que una estructura entera promocionada como baluarte de la fe y de la tradición.
La trampa de usar la homosexualidad como insulto
La objeción más lúcida del intercambio no defiende a nadie: reprocha el encuadre. Si el asunto va de explotación sexual y de abusos a reclutas, añadir la palabra homosexualidad para rematar la humillación convierte una denuncia en un insulto, y de paso deja el escándalo real en segundo plano. No es lo mismo decir que hay esclavitud sexual que decir que hay esclavitud sexual
y además mucha pluma en el batallón.
La contrarréplica tiene su lógica: si Rusia se presenta como la alternativa a lo que algunos llaman, en su jerga, el orden global impuesto, conviene mirar con lupa lo que encuentra dentro de casa. Y ahí el hilo vuelve a partirse.
Queda el dato que descoloca. En 2014, el buque
JS Elcano recibió 150 kilos de cocaína en Cartagena de Indias, más de 26 de esos kilos acabaron revendidos y un juez quiso archivar el asunto en 2018 mientras la justicia militar se negaba. Ningún ejército sale limpio de la foto que hace su propio relato. La discusión, mientras tanto, sigue exactamente donde empezó: sin veredicto y con la palabra homofobia usada como arma por los dos lados.