La Fête de la Musique en París ya no es lo que era: ¿gana o pierde la ciudad?
La Fête de la Musique, la cita anual que cada 21 de junio inunda París de conciertos gratuitos, ya no es el evento de orquestas y coros que muchos recuerdan. «Hoy día es esto», resumen varios testimonios, entre quejas por la proliferación de músicas urbanas, improvisaciones y aglomeraciones. «Hace unos años era más aburrido», concede otro, pero el tono general es de nostalgia: «A mí me pilló viajando hace más de 20 años y era una gozada».
El debate, recurrente en los foros económicos, trasciende lo musical. Detrás de la añoranza por los violines y las sonatas hay una discusión sobre el modelo de ciudad, el turismo y la convivencia multicultural. La transformación del evento refleja el cambio demográfico de la capital francesa: más diversa, más joven, pero también más ruidosa y, según algunos, menos «civilizada» – término que en el intercambio se usa sin ambages.
¿Una fiesta menos rentable para el comercio local?
Los detractores señalan que el perfil del público ha mutado: de familias y melómanos a grupos ruidosos que consumen poco en bares y restaurantes, se sientan en el suelo y generan costes de limpieza y seguridad. Quienes defienden el cambio argumentan que atrae a un público más joven y turista de mochila, que gasta en alojamiento barato y comida rápida. Sin datos oficiales desglosados, el balance económico del día sigue siendo una incógnita.
El contraste con la oferta clásica: ¿desplazamiento o convivencia?
Algunos participantes evocan los tiempos en que la Fête era sinónimo de música clásica y chanson française. «Treinta y seis años y un mundo de distancia, de la civilización a la barbarie», se lee en una de las intervenciones más duras. La ironía no falta: «Si importas tercer mundo... no cabe esperar que obtengas una sociedad que admire a Mozart». El debate de fondo es si la diversidad cultural enriquece o erosiona la identidad del evento.
Y ante la nostalgia, un dato incómodo
La Fête de la Musique sigue reuniendo a millones de personas y genera un pico de actividad hostelera y de transporte. Pero la añoranza por el «París de antes» no es solo un lamento estético: es una tensión entre dos modelos de ciudad que compiten por la misma noche de junio. Que el visitante de hace veinte años ya no se sienta a gusto puede ser un problema de marca, o quizá solo la prueba de que las ciudades, como las fiestas, cambian aunque a algunos les pese.