Cuando Ceuta demuestra que al poder todo le sale gratis
Hay un momento en que la acumulación de denuncias deja de leerse como ruido y empieza a leerse como sistema. La crisis de Ceuta, con el informe policial sobre la intervención de Jovenlandia sobre la mesa, ha colocado al Gobierno de Sánchez ante una pregunta incómoda: ¿qué diferencia hay entre ejercer el poder y blindarse contra sus consecuencias?
El relato oficial y la abolladura de los hechos
La secuencia de acontecimientos, tal y como se desprende de las informaciones difundidas, tiene una lógica demoledora. El CNI alertaba de la operación; la Policía lo confirmaba; el Gobierno de Ceuta había avisado y pedido refuerzos; y, según JUPOL, el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, conocía el riesgo antes de que se materializara. Frente a esa cadena, la versión oficial habría apuntado a mafias, a Rusia o a la ultraderecha, y a una resolución en 24 horas. La distancia entre lo que se sabía y lo que se contó es lo que alimenta la sensación de impunidad. La ironía no necesita subrayado: el partido en el Gobierno presume de 100 años de honradez mientras la cadena de avisos se convierte en su peor eslogan.
Dos lecturas irreconciliables del malestar
Las reacciones no podían ser más antitéticas. Una corriente sostiene que el enfado es acumulativo, que la crisis de Ceuta puede ser la gota que colma el vaso y que las manifestaciones convocadas son la primera señal de un descontento que ya no se canaliza institucionalmente. La corriente contraria no ve fractura: sostiene que con una ayuda básica hay millones de personas que pueden ser felices, que vivir con poco es suficiente y que el Gobierno ha sabido entenderlo. Entre esas dos lecturas no hay término medio; hay un país escuchándose a sí mismo.
El plazo que todo lo diluye
El escepticismo alcanza también a la duración del escándalo. El pronóstico más repetido es que el tema se diluirá en las redes en menos de dos semanas, el tiempo que necesitan las maquinarias de propaganda para engrasarse. Después, una mitad creerá el relato oficial y la otra no; y sin unidad de criterio, la política seguirá su curso. Es precisamente esa previsión, la certeza de que nada ocurrirá, la que más crispación genera.
La paradoja final es que el poder se ha vuelto inexpugnable no pese a las crisis, sino gracias a ellas. Cuanto más se denuncia la opacidad, más se afianza la idea de que las leyes se escriben para que todo salga gratis. A falta de consecuencias concretas, la única certeza es la acumulación de indignación. Y esa, advierten algunos análisis, no tiene plazo de caducidad tan corto.