Joan Pradels y el límite del culturismo: un físico que nadie defiende
Un cuerpo que ocupa la tarima entera y, al mismo tiempo, una sensación creciente de que algo no cuadra. La figura del culturista Joan Pradels vuelve a estar en el centro de la conversación, y esta vez no parece ser por una victoria. Su estado físico, la asimetría que muchos creen ver sobre el escenario y la sospecha de que algunos de sus vídeos están retocados alimentan una discusión que va mucho más allá del personaje.
¿Deporte, espectáculo o problema de salud?
Aquí no hay consenso. Una parte del público sostiene que ponerse así exige un entrenamiento brutal y una disciplina que muy pocos aguantan: horas de gimnasio, dietas milimétricas y una vida entera doblada ante el espejo. Enfrente pesa el argumento contrario: que ese grado de hipertrofia ya no es deporte, sino una alteración del cuerpo que roza lo patológico. La pregunta de cómo se llega hasta ahí —y si el método tiene que ver con una aguja— planea sobre todo el asunto. Hay quien va más lejos y le niega directamente la etiqueta de deportista: un culturista, dicen, no compite contra nadie, posa. Y la única utilidad práctica del músculo, ironizan, es cargar mudanzas.
El detalle que descoloca no es estético. En una de sus últimas giras, el culturista habría arrastrado problemas de estómago tras ingerir arroz caducado. La imagen del físico más extremo del circuito doblado por un tupper vencido resume mejor que cualquier análisis la distancia entre el mito y la realidad.