Calvos en política: el colectivo 'discriminado' que triunfa en los negocios
En el universo de las cuotas y la representación, hay un colectivo que casi nunca sale en los titulares: los calvos. En las grandes empresas españolas, los directivos sin pelo son legión –Amancio Ortega, Juan Roig, la saga Botín– pero en la política escasean. El dato es tozudo: desde la Transición, solo un presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo, ha lucido calva, y su mandato duró poco más de un año. Mientras, en los consejos de administración, la calvicie es casi un requisito no escrito.
Un contraste que invita a la ironía
La disparidad es llamativa. En la cúpula empresarial, la calvicie se asocia con experiencia y poder; en la política, los pocos ejemplos –como el propio Calvo-Sotelo, el ministro Luis de Guindos o la vicepresidenta Carmen Calvo– son más la excepción que la regla. Hay quien sostiene que existe una «calvofobia» sutil que aparta a estos perfiles de las primeras líneas, mientras que otros lo consideran una boutade: al fin y al cabo, los políticos pueden recurrir a pelucas o trasplantes. El debate, nacido en foros de economía, mezcla datos concretos con un tono deliberadamente provocador.
Datos que dejan calvo
La representación capilar en la Moncloa es abrumadoramente poblada: desde Suárez hasta Sánchez, todos con abundante cabello. En los gobiernos autonómicos, los presidentes calvos también son minoría. Frente a ello, en el IBEX 35, las testas brillantes copan los primeros puestos. Si el mérito empresarial no se traslada a las urnas, quizá el problema no sea la alopecia, sino una clase política que prefiere el pelazo al currículum. O, como apuntan los más cínicos, que los calvos son demasiado listos para meterse en ese fregado.