Colapso generacional: el desencanto de los menores de 35
En los últimos meses, un debate ha puesto sobre la mesa una realidad incómoda: los jóvenes españoles han tirado la toalla. Ya no se trata de optimismo o pesimismo, sino de una constatación estadística de que el ascensor social se ha detenido. La suma de salarios de miseria, vivienda inalcanzable y un horizonte vital nublado ha generado una desafección que trasciende lo político.
El salario no da para vivir
El principal nudo es el mercado laboral. Se denuncian jornadas agotadoras por sueldos que no cubren ni el alquiler de una habitación. Se mencionan ofertas de 21.000 euros anuales, insuficientes en cualquier capital de provincia. Quienes tienen empleo se enfrentan a una presión fiscal creciente; quienes no, a una búsqueda interminable. La competencia de la inmi gración se señala como un factor que deprime aún más los salarios en sectores como la construcción o los servicios. El resultado es una generación que trabaja más y cobra menos que sus padres.
Vivienda: un sueño inalcanzable
El precio del alquiler y la compra se ha disparado muy por encima de la inflación salarial. Se compara con la situación de los años 80, cuando las hipotecas al 12% permitían comprar tras años de ahorro. Hoy, incluso con ingresos medios, destinar más del 50% del sueldo a la vivienda es la norma. La falta de oferta pública y el auge de los fondos de inversión han convertido el mercado en un casino donde los jóvenes no pueden participar. El fenómeno de la okupación ha generado desconfianza entre propietarios, que prefieren no alquilar.
El factor demográfico
Otro eje del análisis es el cambio demográfico. Se argumenta que la llegada masiva de población forastero (se citan cifras de más de medio millón anual) está transformando el perfil del país. Algunos sostienen que esta dinámica, junto con las políticas de la Agenda 2030, responde a un plan de sustitución poblacional. Otros lo consideran una oportunidad para rejuvenecer una España envejecida. Lo indiscutible es que la presión sobre la vivienda y los servicios públicos se intensifica.
Relaciones personales y soledad
Más allá de lo económico, se refleja una crisis existencial. La falta de perspectivas ha erosionado la capacidad de formar pareja o familia. Se habla de una generación sin pareja, donde las aplicaciones de citas y el consumo digital han reemplazado las relaciones reales. La soledad es el estado por defecto, y la depresión o la ansiedad, las compañeras de viaje. La familia tradicional se ha roto, y el individualismo impera.
¿Culpables o víctimas?
Las posturas se dividen entre quienes culpan al sistema —políticos, empresarios, fondos de inversión— y quienes achacan la situación a las propias decisiones de los jóvenes: haber votado a partidos que luego no cumplieron, formarse en carreras sin salida, o aferrarse a un consumismo vacío. También hay una corriente que minimiza las quejas, recordando que generaciones anteriores vivieron en condiciones peores o emigraron en masa. Sin embargo, incluso los críticos reconocen que la intensidad del desaliento es histórica.
El colapso generacional no es un titular, es una realidad que se palpa en las estadísticas de emancipación, en las colas del hambre juvenil y en la falta de proyectos a largo plazo. Mientras no se aborden las causas estructurales —vivienda, empleo, redistribución—, la toalla seguirá en el suelo. Y el relato oficial de la recuperación chocará cada vez más con el día a día de quienes aún no han cumplido 35.