El cine se vacía: 9,5 millones de espectadores en vacaciones
¿Por qué nadie va ya al cine? La respuesta corta: porque no compensa. Las salas han firmado las peores cifras de asistencia de los últimos 16 años, con
9,5 millones de espectadores en las vacaciones de invierno, un registro que no se veía desde 2009, cuando la cifra no bajaba de los cinco millones. El dato, difundido en redes, ha servido para que muchos confirmen lo que llevan años practicando: dejar de pisar un multicines.
No es una caída de un año malo. Es una sangría sostenida que la industria atribuye a la competencia del streaming, pero que en la calle se explica con otras palabras:
precio, calidad y experiencia.
Cuánto cuesta ir al cine en 2024
La entrada media se ha instalado en torno a los
10,40 euros en fin de semana, según los precios que manejan los propios espectadores. Hay quien recuerda que en 2008 pagaba 6,90 euros, y que ese mismo importe sigue vigente en algunas ciudades quince años después. La paradoja es que el cine no ha subido tanto como otros ocios, pero el efecto acumulado de palomitas, bebida y desplazamiento convierte la salida en un gasto de dos cifras.
El cálculo es sencillo: una pareja con palomitas y refrescos supera los
30 euros por una noche. Por ese dinero, en casa hay pantalla grande, sofá y nevera llena. La ecuación no falla.
La queja que se repite: guiones y propaganda
El segundo argumento que domina la conversación no es económico. Es de contenido. Una parte de los espectadores sostiene que el cine actual ha sustituido el entretenimiento por el mensaje, y que las carteleras se llenan de
refritos de dinosaurios, secuelas y franquicias agotadas. La crítica se dirige tanto a Hollywood como al cine español subvencionado, al que se acusa de convertir cada estreno en un mitin.
Hay quien lo resume con una frase que circula:
«no se hace cine de verdad, sino cosas woke o espectáculos de cgi con un guion parido por un simio». Es una opinión, no un dato, pero explica por qué una parte del público ha dejado de sentirse interpelada.
El móvil, las palomitas y el ruido de fondo
La tercera pata del problema es la sala. Los testimonios coinciden: gente que habla, que mira el móvil cada veinte segundos, que abre bolsas de plástico en el momento más tenso. La experiencia se ha degradado hasta el punto de que muchos prefieren esperar al estreno doméstico antes que arriesgarse a compartir dos horas con desconocidos.
La nostalgia del cine como ritual —entrar de día y salir de noche, la oscuridad, el silencio— aparece en casi todos los relatos. Pero la nostalgia no paga entradas.
La tecnología que se lo come todo
El cuarto factor es estructural. La forma de consumir audiovisual ha cambiado: vídeos de quince minutos, redes sociales, plataformas bajo demanda. El cine compite con un ecosistema diseñado para la atención fragmentada. Un proyector de menos de 100 euros y un pendrive con películas a cuatro euros bastan para replicar la experiencia en el salón.
La consecuencia es que el cine ha dejado de ser un hábito de masas para convertirse en un plan ocasional. Y los planes ocasionales son los primeros que caen cuando aprieta la economía doméstica.
¿Por qué no bajan las entradas si las salas están vacías?
Es la pregunta que nadie responde. Si la sala está ahí, llena o vacía cuesta lo mismo, y cuanto más barata sea la entrada más se gastará en palomitas. La lógica económica sugiere que bajar precios llenaría butacas. La práctica dice lo contrario: los precios no bajan, y las salas siguen vaciándose. La respuesta, probablemente, es que el cine ya no compite por el ocio, sino por el tiempo.
Con estos mimbres, lo raro no es que la asistencia caiga. Lo raro es que alguien siga pagando 10,40 euros por ver una secuela mientras en casa tiene todo el catálogo por menos.