El creador que lleva su degradación al límite en directo
En uno de sus últimos directos, el creador al que su audiencia conoce como San Ludopatrón lleva la escena al terreno escatológico ante la cámara y exhibe después el resultado en primer plano. No parece un accidente ni un fallo de emisión: es el personaje. Alguien que sostiene sus retransmisiones pidiendo dinero y ofreciendo a cambio espectáculos cada vez más extremos. La secuencia se comenta en una serie de seguimiento que va ya por su
tercera entrega, después de que la segunda fuera cerrada por moderación.
¿Quién es San Ludopatrón?
Quienes llevan tiempo siguiéndolo lo llaman cibermendigo: un creador que emite en directo con una mezcla de exhibicionismo, peticiones constantes de dinero y un discurso que su propia audiencia describe como difícil de entender. A la etiqueta de cibermendigo se suman otras como
paguitero o jeta, y comparaciones con personajes de animación. El directo escatológico no es un episodio aislado: forma parte de una serie de emisiones en las que llora, se queja de España y de su abuelo, y protagoniza llamadas a servicios de acompañamiento que, según los mensajes, no prosperan.
El negocio de pedir en directo
Paguitero, cibermendigo, jeta: tres etiquetas para un mismo modelo, el de quien convierte la petición insistente de dinero en el centro de su emisión. No hay producto, ni servicio, ni suscripción de pago. Hay una cámara encendida y un público al que se le pide que aporte para seguir mirando. Mientras alguien pague, la emisión continúa, y de momento, según el seguimiento, sigue funcionando.
De la tienda de campaña al frío de la calle
El relato más material del seguimiento tiene fecha. A finales de agosto se compran una tienda de campaña, un saco y una esterilla para una salida a una localidad que los mensajes sitúan en el entorno de Granada. El material queda allí abandonado.
Mes y medio después, el mismo grupo vuelve a por él. En paralelo, los mensajes describen noches de frío en el alojamiento habitual y una manta prestada por una conocida que tiene un apartamento en Priego.
Son bolsas, insiste el relato. No es mucho, pero es lo que hay.
El público se cansa pero sigue mirando
Parte de quienes siguen el fenómeno reconocen cansancio. Hay quien dice entrar cada vez menos, solo de vez en cuando, y quien admite hacerlo para comprobar si el personaje aguanta o se apaga. La crítica más repetida no es moral, es de forma: se le reprocha que no vocaliza, que hay que retroceder el vídeo para entender lo que dice, y se echa de menos —esto con sorna— unos ejercicios de dicción de actor de teatro. Ese desgaste no ha detenido la emisión.
¿Cuántas entregas acumula la serie?
Tres, según los propios recuentos. La primera recoge el episodio escatológico que da origen a todo; la segunda se cerró y dejó a parte del público sin poder comentar; la tercera se abre con el título corregido. Nadie ha puesto fecha de caducidad al asunto. La única certeza que dejan los mensajes es que el personaje sigue vivo y que lo hace pidiendo dinero a quien quiera dárselo.
El cierre de la segunda entrega y la apertura de la tercera dejan una imagen nítida: el personaje no desaparece, se muda de casa. Y parte del público le sigue la mudanza.