La moda católica que aterra a los progres
En una parroquia de Madrid, los cursillos de confirmación tienen lista de espera con 200 adolescentes. No es un caso aislado: la imaginería religiosa vuelve con fuerza al espacio público, y el establishment progresista observa con escalofríos. The Guardian, Die Welt y Washington Post han dedicado artículos al fenómeno. Incluso la película «Los domingos», de Alauda Ruiz de Azúa, ha sido calificada como la mejor cinta de terror de 2025 por retratar la fe como refugio en un mundo sin esperanzas.
Señales de un retorno
Los datos son tozudos: mientras caen las vocaciones tradicionales, crecen las listas de espera en catequesis para jóvenes. La estética religiosa se cuela en el diseño, la música y el cine. Un ejemplo: la parroquia del padre Ángel en Chueca combina leds con iconografía clásica, y ya hay quien habla de una «rima contemporánea» con el cine de Sorrentino. Pero hay quien sostiene que esto no es un renacimiento de la fe, sino una pose identitaria importada de Estados Unidos, donde el catolicismo cuqui (puros, misa en latín y chicas trad) funciona como tribu para desencantados del liberalismo.
El factor identitario
La discusión de fondo: el vacío moral de una sociedad secularizada y la reacción frente a la inmigración masiva. Para muchos, volver al catolicismo es una forma de afirmar raíces culturales sin caer en el racismo explícito. «Es más fácil decir que eres cristiano que decir que no quieres moros», resume una de las corrientes del análisis. Otros ven una maniobra de la jerarquía eclesiástica, que bajo el papa León XIV promueve la migración como nueva savia para parroquias vacías, generando rechazo entre los fieles más tradicionales.
¿Moda o fe?
Los escépticos recuerdan que el 90% de los que acuden a estos nuevos espacios lo hacen en busca de pareja «trad», no de Dios. «Es gilipollez mezclada con necesidad de tribu», ironizan. Y señalan que el verdadero catolicismo, el de las exigencias evangélicas, no encaja con el postureo. Mientras tanto, las cifras de bautismos y matrimonios siguen en caída libre. El fenómeno es real, pero frágil.
Con todo, el simple hecho de que la discusión exista ya indica un cambio de clima. Hace una década, la fe era un tabú; hoy, hasta los artistas confiesan que van a misa. Pero la pregunta sigue abierta: ¿estamos ante un avivamiento religioso o ante un revival estético condenado a diluirse en el próximo trend?
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