El negocio de compartir coche se resquebraja con la entrada masiva de perfiles falsos y el riesgo de tráfico ilegal
Un conductor recoge a un pasajero que no es quien reservó. Ni siquiera se parece. La app lo permitió. El viaje se hace, pero la tensión es constante. Así describen muchos conductores la deriva de BlaBlaCar, una plataforma que basó su éxito en la confianza entre desconocidos y que ahora ve cómo esa confianza se desmorona por la práctica de enviar a terceros sin avisar.
Pasajeros que no pasan el control
La mecánica es sencilla: una persona reserva un viaje con su perfil, pero quien aparece en el punto de encuentro es otra. A veces es un familiar; otras, un completo desconocido. La plataforma, ante el aluvión de quejas, ha incorporado la opción de cancelación «viaja otra persona distinta». Un reconocimiento implícito de que el problema existe y va a más. Los conductores denuncian que muchos de estos pasajeros no tienen perfil verificado ni forma de pago propia, lo que abre la puerta a usos ilícitos.
El paralelismo con las plataformas de reparto
El fenómeno no es exclusivo de BlaBlaCar. En Glovo y Just Eat se ha detectado una trama de venta y alquiler de cuentas para que trabajadores sin papeles puedan hacer repartos. La dinámica es idéntica: alguien con cuenta legítima la cede a un tercero a cambio de una cuota. En el caso del coche compartido, el riesgo es mayor porque el conductor asume la responsabilidad penal de lo que transporte el pasajero. Varios testimonios apuntan a maletas voluminosas y actitudes evasivas que sugieren que podrían estar usándose como mulas.
Riesgos legales que nadie asume
Si en un control de tráfico aparece droga en el equipaje, el conductor es el primer responsable, salvo que demuestre que desconocía el contenido. Con la suplantación de identidad, probar la inocencia se complica. Además, transportar a inmigrantes irregulares sin documentación puede acarrear sanciones administrativas e incluso penales. La propia plataforma se lava las manos: el seguro cubre a los pasajeros verificados, pero si el viajero real no coincide con el perfil, la cobertura queda en entredicho.
La economía colaborativa se sostenía sobre un pacto de buena fe. Ese pacto se está rompiendo por los extremos: los que usan la app como vehículo para la economía sumergida y los que miran hacia otro lado. Mientras BlaBlaCar no refuerce la verificación biométrica o la identificación presencial, el riesgo de que la plataforma se convierta en un canal para actividades ilegales seguirá creciendo. Y con él, la decisión de muchos conductores de abandonar el servicio.
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