El James Webb pone en aprietos el calendario del Big Bang
El número se repite desde hace décadas como si fuera una verdad cerrada:
13.780 millones de años. Es la edad que el modelo cosmológico estándar, el Lambda-CDM, atribuye al universo desde el Big Bang. Ese número lleva meses crujiendo, y no por una corazonada: según quienes siguen el asunto, las observaciones del telescopio James Webb han puesto sobre la mesa galaxias espirales gigantescas, ya plenamente desarrolladas, cuya datación no encaja con un calendario tan apretado.
La conclusión que se abre paso entre quienes siguen el asunto es incómoda. O el reloj está mal, o llevamos décadas mirando la esfera equivocada. La pregunta ya no es si el Webb obliga a retocar el modelo, sino cuánto hay que moverlo.
De 13.780 a 26.700 millones de años: la propuesta de Gupta
Un nuevo estudio firmado por
Rajendra Gupta, profesor asociado de física en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Ottawa, propone una salida drástica: extender el tiempo de formación de galaxias en varios miles de millones de años y llevar la edad del universo hasta los
26.700 millones de años. Casi el doble de lo estimado hasta ahora.
«Nuestro modelo recientemente desarrollado extiende el tiempo de formación de galaxias en varios miles de millones de años, lo que hace que el universo tenga 26.700 millones de años, no 13,7 como se estimó anteriormente», resume el propio autor principal. El razonamiento es fácil de formular y difícil de tragar: hay estructuras casi simultáneas al Big Bang que habrían necesitado millones de años para formarse. Si aparecen ya hechas, algo falla en las cuentas.
¿Por qué el modelo Lambda-CDM no encaja con el Webb?
El problema no es una imagen rara, es un conjunto de observaciones. Las dataciones de esas estructuras se sitúan antes del arranque que el modelo da por bueno, y su grado de madurez exige un lapso que sencillamente no cabe entre la expansión inicial y el nacimiento de la estructura estelar. El nuevo margen temporal, el doble del anterior, da aire a la formación de las primeras galaxias observadas. Y ahí está el nudo: cada ajuste que se añade para cuadrar los datos deja el edificio un poco más lejos de su versión original, según quienes defienden esa lectura.
Luz cansada, energía oscura y materia oscura: los comodines del modelo
La crítica más repetida no ataca la observación, ataca los parches.
Materia oscura,
energía oscura, correcciones sucesivas: comodines cuya existencia no se ha demostrado y que, según esta lectura, sirven para que la aritmética salga. Es una acusación vieja en la física y siempre difícil de rebatir, porque el parche y la teoría son indistinguibles mientras no haya una medición que separe uno de otra.
Hay quien rescata además la
luz cansada, la idea de que la luz pierde energía a lo largo de su viaje y que el corrimiento al rojo no probaría expansión acelerada. Un participante atribuye la propuesta a Einstein y también su arrepentimiento posterior, lo que resume bien la trayectoria de la hipótesis: propuesta, abandonada, resucitada cada cierto tiempo.
¿Es absoluta la edad del universo?
Hay una pregunta que se repite y que incomoda más de lo que parece:
26.700 millones de años, ¿respecto a qué? Si el tiempo es relativo y no absoluto, hablar de una edad absoluta en años chirría. La respuesta estándar es que existe un tiempo físico objetivo, el que marcan los relojes, y que esos relojes son la materia: sin materia no habría reloj natural que sostuviera la medida.
El matiz no es ocioso. Una parte del análisis sostiene que esa objetividad es una convención útil, no una propiedad del universo; otra responde que sin convenciones compartidas no habría ciencia posible. Ninguna de las dos gana.
Del corrimiento al rojo al color rojo
A partir de aquí la conversación derrapa, y conviene decirlo. Que el
rojo que uno cree ver solo existe en su cerebro, que un halcón procesa esa frecuencia de otra forma y que un acuerdo mayoritario sobre algo subjetivo no convierte ese algo en cierto: el argumento, sostiene un participante, es impecable y no lleva a ninguna parte operativa. De ahí al sustrato último, a la hipótesis de la simulación y a Gödel demostrando que ningún sistema axiomático se explica del todo a sí mismo hay un paso, y el paso se da.
Nada de esto es descartable en abstracto. Pero cuando la física de frontera se convierte en metafísica de sobremesa, la discusión deja de tener criterio de falsación, que es justo lo que la distinguía.
Con estas piezas encima de la mesa, el análisis se atasca exactamente aquí. Existe un problema medido, existe una solución propuesta y no existe todavía una observación que decida entre las dos. Quien espere un cierre, va a esperar sentado.