Deportistas millonarios, parástatos financieros y un 80% que quiebra
Roberto Heras, ex-ciclista, vive hoy en Barcelona, compra en Uniqlo y tiene más patrimonio que cuando se retiró. No es la norma. La estadística –citada por Sports Illustrated y replicada hasta la saciedad– asegura que ocho de cada diez deportistas de élite acaban arruinados a los pocos años de colgar las botas, las zapatillas o el manillar. La cifra puede ser discutible, pero el mecanismo es real y se repite con inquietante frecuencia.
Confundir ingresos con riqueza: el error cardinal
Un futbolista de 22 años cobra cinco millones brutos al año. Pero cinco millones no son cinco millones: Hacienda se lleva alrededor del 45%, el representante se queda entre un 5% y un 10%, y los gastos de imagen, seguros y asesores reducen aún más el neto. El error central, como señala un análisis técnico de la conversación, es confundir flujo de caja con patrimonio. Quien ingresa una fortuna en una ventana de 10-15 años tiende a gastar como si esa lluvia fuera perpetua. Y cuando la carrera termina –por lesión, edad o pérdida de rendimiento– el grifo se cierra antes de que el nivel de vida se ajuste.
El ecosistema de los parásitos: asesores, familiares y divorcios
El deportista joven es un imán para todo tipo de aprovechados. El primo que monta un restaurante, el representante que coloca un fondo de inversión con comisiones del 5% anual, el banco que endosa un depósito estructurado opaco. En la NBA, cuentan, los rookies reciben charlas de un experto financiero y de otro que les advierte de las “profesionales” que buscan captar su atención. Pero no todos escuchan.
Los divorcios son otra sangría. Sports Illustrated estima que una de las principales causas de la ruina deportiva son las separaciones: la mitad del patrimonio se evapora en acuerdos, pensiones alimenticias y costas legales. A ello se suman los negocios ruinosos que emprenden las parejas o los propios deportistas: restaurantes, discotecas, marcas de ropa que nunca despegan.
Tren de vida insostenible y gastos ocultos
Quien ha trabajado en casa de un jugador de Primera División retirado lo describe como un sumidero de gastos fijos: varias viviendas con personal de limpieza, mantenimiento y seguridad; coches de lujo, barcos, aviones privados. El mantenimiento de un yate de más de 30 metros cuesta millones al año. Y cuando los ingresos cesan, esos costes no desaparecen de inmediato. La estructura de gastos de una familia de renta elevada no escala linealmente: el servicio doméstico, los asesores y el mantenimiento de propiedades son partidas que crecen en proporción al lujo y que resultan difíciles de desmontar.
La cultura del derroche también tiene un componente de presión social. El deportista de élite, acostumbrado a ser el centro de atención, difícilmente reduce su consumo cuando el dinero deja de entrar. Se menciona el caso de Mike Tyson, que dilapidó más de 300 millones de dólares en coches, joyas, fiestas y un séquito interminable.
Excepciones que confirman la regla
No todos caen. Roberto Heras invirtió en inmobiliario, estudió y diversificó. El propio Arnold Schwarzenegger, en sus años de culturista, compró un bloque de pisos para alquilar. La fórmula es conocida: ladrillo, fondos indexados, bonos y una mentalidad de “no perder” antes que “ganar mucho rápido”. Pero requiere una formación financiera que, salvo excepciones, brilla por su ausencia en los vestuarios.
Con estos mimbres, que el 80% acabe arruinado no es una fatalidad, sino el resultado previsible de juntar ingresos explosivos, juventud, falta de educación financiera y un ecosistema depredador. La pregunta no es por qué tantos quiebran, sino cómo algunos logran salvarse.