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Costumbre fresca y casquivana de…
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Contrario a lo que podríamos pensar, el beso romántico en los labios no es una práctica universal, siendo minoritaria a nivel global. La intimidad se expresa de formas muy diversas en otras culturas.
El beso, ese gesto que asociamos tan a menudo con el romance y la intimidad, resulta que no es tan común como podríamos creer. De hecho, si echamos un vistazo a las culturas del mundo, nos encontramos con una sorpresa: el 54% de ellas no practica el beso romántico en los labios. Sí, has leído bien. Esa imagen de parejas besándose apasionadamente, tan presente en nuestro imaginario occidental, solo representa al 46% restante de la humanidad.
Cuando en nuestra cultura damos por sentado el beso en los labios como la máxima expresión de afecto romántico, en otras partes del mundo la intimidad se manifiesta de maneras que a nosotros nos podrían parecer insólitas. En las islas Trobriand, por ejemplo, las parejas se dedican a mordisquearse suavemente las pestañas. Una forma de contacto físico delicado, casi una caricia visual. Y si nos vamos un poco más lejos, encontramos el llamado "beso malayo", descrito por Charles Darwin, donde las personas se ponen en cuclillas y se huelen mutuamente. Esto nos lleva a pensar en el papel del olfato, un sentido que en Occidente a menudo relegamos a un segundo plano en las interacciones íntimas. Estas prácticas nos demuestran que el "te quiero" o "me gustas" puede tener muchísimas voces, y no todas implican un roce de labios.
Pero, ¿por qué nos besamos los humanos? La ciencia ha explorado varias teorías para arrojar luz sobre este comportamiento. Una de las explicaciones más sólidas apunta a la biología. Besar, especialmente el beso en los labios, desencadena la liberación de oxitocina. Esta hormona, a menudo llamada la "hormona del amor" o del apego, juega un papel crucial en la reducción del estrés y en la generación de sentimientos de confianza y cercanía. Es decir, besar nos hace sentir bien, refuerza los vínculos y fomenta la conexión emocional entre las personas. No es de extrañar, entonces, que este gesto se haya popularizado en aquellas culturas que lo practican.
Las teorías evolutivas también ofrecen perspectivas interesantes. Algunos investigadores sugieren que el beso labio con labio podría tener sus orígenes en comportamientos maternos tempranos. Piensa en la lactancia o en la premasticación, esa práctica en la que las madres masticaban la comida antes de dársela a sus bebés. Este tipo de contacto oral, que todavía se observa en primates como los chimpancés, podría haber sentado las bases para que el contacto bucal se asociara con el cuidado y el vínculo afectivo. Los bebés humanos, de hecho, parecen tener una predisposición biológica a buscar este tipo de contacto, asociándolo con seguridad y confort.
Otra teoría más reciente, propuesta por el psicólogo evolucionista Adriano Lameira, vincula el beso con los comportamientos de acicalamiento entre primates. En estos animales, el acicalamiento a menudo culmina con un contacto bucal, como la succión de restos de pelo. A medida que los humanos fueron perdiendo vello corporal, la función higiénica del aseo se fue diluyendo, llevando a sesiones más cortas. El beso final de labio con labio podría haber perdurado como un gesto de afecto, un vestigio de esos rituales de cuidado ancestrales.
Independientemente de su origen exacto, el beso, en sus múltiples formas, parece satisfacer una profunda necesidad humana de conexión. Ya sea un roce de labios o un mordisco de pestañas, el acto de acercarse íntimamente a otra persona es un lenguaje universal, aunque sus dialectos varíen enormemente.
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