¿Regaló el Banco de España duros a cuatro pesetas?
Cuando la plata cotiza a 23,15 euros la onza, una moneda de 12 euros con 16,65 gramos de plata fina vale 12,39 euros. Y sin embargo, el Banco de España las cambiaba a la par. La diferencia era pequeña pero real, y para los que entendían de metal precioso, suponía una operación sin riesgo: comprar a 12, vender a 12,39, o más si el spot subía. No era un chollo masivo, pero sí una rareza en los mercados de inversión.
La mecánica del descambio
Las monedas de 12 euros de plata (conocidas como “karlillos” entre los aficionados) no se vendían: se descambiaban. Legalmente no había IVA, y el Banco de España estaba obligado a aceptarlas como medio de pago. Cualquier sucursal bancaria podía entregarlas al cambio de billetes. El que las compraba a 12 euros obtenía un activo cuyo contenido en plata ya rondaba los 12,4 euros. Y si la plata subía, la plusvalía era directa. Lo llamaron “duros a cuatro pesetas” porque el refranero dice que nadie regala nada, pero aquí el regulador sí lo estaba haciendo, aunque fuera por despiste o por política monetaria heredada.
Agotamiento y reapariciones
Las sucursales del Banco de España en Madrid y Sevilla se quedaron sin existencias casi de inmediato. Pero, sorprendentemente, semanas después volvían a tener. La teoría conspirativa: no las querían soltar, o las estaban retirando para fundirlas y acuñar nuevas monedas de 20 euros con la misma cantidad de plata —lo que suponía un ahorro de 8 euros por moneda para el BdE. Mientras tanto, los que habían hecho acopio empezaron a venderlas en el mercado secundario a 13,25 euros, con ganancias del 10% sin mover un dedo.
El precio de la plata no paró de subir: de 12,39 a 12,73, luego a 13,63, hasta alcanzar 13,70 euros por moneda. En ese punto, la rentabilidad para los que compraron a 12 rozaba el 14%. No está mal para una operación que un banco central puso en bandeja.
El mercado secundario y los escépticos
Pronto apareció un mercado entre particulares. Se vendían lotes de 50, 100 y hasta 200 monedas. Un vendedor llegó a ofrecer 200 unidades a 13 euros cada una. Pero no todo el mundo lo veía claro. Los críticos señalaban que la plata no se come, que ocupa espacio, que si el precio baja te quedas con monedas que valen 12 euros. También cuestionaban la liquidez real: ¿quién te compra 200 monedas al precio del spot? Algunos inversores respondían que ya habían vendido cientos de monedas a 13-14 euros, y que el verdadero valor refugio estaba en tener plata física, no papel moneda.
Mientras tanto, el Banco de España seguía emitiendo nuevas series: en 2010, monedas de 12 euros; en 2011, de 20 euros; en 2012, de 30 euros. Todas con el mismo peso de plata (16,65 gramos), pero con un valor facial cada vez mayor. Para el que compraba a 12, era un chollo; para el que compraba a 20, ya no tanto, porque pagaba más por la misma plata.
Lecciones de una anomalía
La historia de las monedas de 12 euros es un caso de libro de arbitraje regulatorio. Un banco central que, por inercia o por diseño, vendió plata por debajo de su precio de mercado durante meses. Los que lo entendieron a tiempo ganaron dinero. Los que lo llamaron burbuja se quedaron fuera. Al final, la plata siguió subiendo, y los que compraron a 12 euros vieron cómo su inversión se revalorizaba sin riesgo de caída por debajo del facial. El Banco de España, por su parte, probablemente aprendió la lección: las monedas de 20 euros ya no tenían el mismo margen. Pero el daño —o la oportunidad— ya estaba hecho.
Lo curioso del asunto: nadie da duros a cuatro pesetas, pero a veces los bancos centrales lo hacen sin querer. Y en este caso, los que se rieron fueron los que llevaban un mes diciéndolo.
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