Por qué el 'asco estético' sigue siendo moneda corriente entre hombres
Hay una paradoja que conviene no perder de vista: cuantas más campañas celebran la diversidad corporal, más crudo se vuelve el lenguaje con que una parte de los hombres describe a las mujeres que no consideran atractivas. En una conversación reciente, los escenarios iban del cuartel al campus universitario, de la barra de un bar a la sala de espera de un juzgado. La naturalidad con que se narran estos episodios dice poco del gusto estético y mucho del marco mental que los hace posibles.
Los escenarios del desprecio
El ejercicio físico, la universidad, el ocio nocturno y hasta los procedimientos judiciales aparecen como puntos de encuentro donde el rechazo se expresa sin filtro. Se habla de compañeras de prácticas, de conocidas de juerga e incluso de personas vistas en actos oficiales. En todos los casos, el retrato se concentra en rasgos físicos y de voz, no en la conducta. Esa es la clave: el juicio estético se convierte en un atajo para descartar a la persona entera.
Hay quien defiende que decir lo que se piensa es un ejercicio de honestidad. Pero el tono empleado —el del 'repelús', el de la repugnancia— trasciende la opinión subjetiva. Cuando la fealdad se presenta como una ofensa, estamos ante un mecanismo de exclusión, no ante una preferencia.
El coste de normalizar la burla
La normalización de este vocabulario no es un asunto privado. Filtra en los entornos laborales y académicos, condiciona la convivencia y convierte el físico en un criterio de valor. La pregunta incómoda no es si alguien puede sentirse atraído por una persona u otra, sino por qué la falta de atracción necesita expresarse como desprecio público.
El dato que descoloca: ninguno de estos episodios se cuenta como una anécdota vergonzante, sino como una broma compartida. Y ahí reside el problema. Si el asco se normaliza como vínculo social, ¿qué espacio queda para juzgar a una persona por lo que hace y no por lo que parece?