Olymp honos: la discográfica virtual que inventa el folk español
Una discográfica virtual llamada Olymp honos lleva meses publicando canciones de artistas que no existen. El proyecto, presentado como «la primera discográfica virtual española», ha lanzado temas de folk andaluz, country mesetario, punk californiano de Altea y salsa caribeña con letras escritas a mano. Todo el catálogo es ficción, pero el debate que ha generado es real: ¿por qué este país nunca tuvo una industria que explotara su propio folclore?
El primer lanzamiento fue un tema de apertura interpretado por un cantaor ficticio de la Sierra Morena. A partir de ahí, Olymp honos ha construido un catálogo que mezcla géneros que en España siempre han ido por separado: el
country de la meseta, el rock celta, el folk andaluz con historia desgarradora y la música de discoteca del Mediterráneo. La discográfica no vende discos. Vende relatos.
Los géneros que España nunca industrializó
El catálogo de Olymp honos funciona como un diagnóstico involuntario de la industria musical española. Hay un joven agricultor de La Palma que se llama Kilian Betancourt y que, tras ganar un campeonato local de culturismo, adopta el nombre de Muyayo y lanza «Plátano Canario», un tema pícaro sobre las islas. Hay un cantautor malagueño, Pablo Alhucemas, que narra en clave romántica un verano de descubrimientos entre dos jóvenes. Hay un grupo de Cáceres, formado por estudiantes de historia, que dedica un himno a Extremadura. Y hay un pionero del country mesetario, Diego Atienza, que canta a una tierra «triste, vacía y deprimida».
La pregunta que sobrevuela todo el proyecto es por qué ninguna de estas tradiciones ha tenido una estructura industrial comparable a la del pop urbano o el reguetón. El folk andaluz, el country de la meseta o el rock celta han existido siempre en fiestas locales y salas pequeñas. Nunca han tenido un sello que los empaquete, los promocione y los venda como producto nacional. Olymp honos lo hace, aunque sea en broma.
El country mesetario y el folk que nadie grababa
El caso más llamativo es el de Diego Atienza, presentado como pionero del «country mesetario». La descripción del género es casi un manifiesto: la meseta como entorno ideal para narrar «grandes anhelos y vidas desgarradoras de los lugareños que se sienten atrapados en una tierra que les oprime». Es una definición que cualquier productor musical español podría haber firmado hace décadas y que nadie firmó.
Lo mismo ocurre con el folk andaluz de Cristóbal Montoro, desde Córdoba, o con el rock celta llorón que se anuncia para el otoño. La discográfica virtual ha convertido en catálogo lo que en España siempre fue anécdota: la música de raíz como producto de consumo masivo. El punk californiano de los hermanos King en Altea o la salsa de Bernardo Maracas desde Santo Domingo completan un mapa que no existe en la realidad, pero que describe con precisión lo que falta.
La IA como excusa y el negocio de la ficción
En el trasfondo del proyecto aparece la inteligencia artificial. Uno de los comentarios más repetidos es que la voz del cantaor de la Sierra Morena suena «jodidamente brutal» y que da escalofríos pensar lo que la IA puede hacer. La discográfica no aclara si las voces son sintéticas o reales. Esa ambigüedad es parte del espectáculo.
El negocio, si se puede llamar así, no está en la música. Está en el relato. Olymp honos no compite con Spotify ni con las majors. Compite con la indiferencia. Su producto es la sorpresa de que alguien se tome en serio el folk español como género comercial, aunque sea para reírse. Y funciona: hay quien pide que se cree un usuario oficial para Bernardo Maracas y quien asegura que si una compañía de verdad promocionara estos temas, «las mañacas chorrearían el coño en Alicante al ritmo de la paella».
¿Por qué España nunca tuvo una discográfica de folk
La respuesta corta es que el folk español siempre se ha asociado a lo local, lo rural y lo antiguo. La respuesta larga tiene que ver con una industria que desde los años ochenta apostó por el pop, el rock urbano y luego el reguetón. El country mesetario o el rock celta no encajaban en ninguna radio fórmula. Olymp honos los presenta como si acabaran de inventarse. En realidad, llevan décadas esperando un sello que los mirara.
El proyecto también tiene una dimensión política involuntaria. Hay quien señala que las únicas propiedades privadas que valen son las de los demás, y que las entidades privadas no siempre defienden la libertad que dicen defender. La discográfica virtual, sin proponérselo, ha abierto un debate sobre quién decide qué música merece ser producida y quién se queda fuera del catálogo.
Con estos mimbres, lo lógico sería que alguien montara una discográfica real de folk español. No ha pasado. Olymp honos sigue lanzando temas de artistas que no existen, y el público sigue pidiendo más. ¿Hace falta que la ficción haga el trabajo que la industria no hizo?