Pirámide en la Antártida: gratis en Google Earth, de pago en el diario
En plena cordillera Ellsworth, a casi 80 grados de latitud sur, hay una formación de cuatro caras y aristas rectas que cualquiera puede mirar gratis desde el salón de casa. El visor de Google Earth la muestra sin pedir nada. Para leer el artículo que la presenta como
descubrimiento, en cambio, según un comentario del hilo hay que registrarse y dejar que más de 800
socios del diario vean tus cookies, o pagar 2,50 €. La paradoja —el objeto es público, el relato es de pago— explica por qué el asunto vuelve cada cierto tiempo con los mismos ingredientes y las mismas discusiones.
Dónde está la pirámide de la Antártida y por qué se ve en Google Earth
La formación se localiza en la parte sur de la cordillera Ellsworth, en unas coordenadas concretas del continente antártico, y es perfectamente visible a través del visor de Google Earth. Basta teclear y girar el mapa. Está a 79º58’39”S y 81º57’32”W, sobre hielo y nieve, con cuatro caras que a cierta altura de zoom parecen talladas.
El hallazgo no requiere expedición ni permiso: se contempla en pantalla, lo que convierte cualquier reportaje de pago sobre algo que el lector ya puede ver gratis en un ejercicio de equilibrismo comercial.
El resto del texto es, sobre todo, contexto: coordenadas, geografía y una foto aérea. Nada que no estuviera ya al alcance de cualquiera con conexión.
¿Es una pirámide natural o una construcción artificial?
Aquí es donde la conversación se parte. Una corriente sostiene que la erosión, las precipitaciones, el viento y los movimientos tectónicos no pueden generar pirámides de cuatro caras, y que por tanto hay detrás una intervención humana o algo peor: una civilización avanzada anterior cuya existencia se estaría ocultando.
La sospecha se apoya en la geometría, no en una excavación; no hay catas, ni datación, ni material arqueológico sobre la mesa.
Frente a eso pesa el argumento más simple: entre los millones de montañas del planeta, alguna tenía que parecerse a una pirámide. Hay incluso quien, con retranca, recuerda que la naturaleza lleva toda la vida fabricando formas que parecen artificiales y que la pequeña elevación de al lado comparte exactamente la misma silueta.
Un tercer grupo entra en el terreno de la definición. Recuerdan que una montaña es una elevación natural de más de 300 metros sobre el nivel de base, con una pendiente igual o superior al 30 % de la base a la cima, y preguntan cuál es la altura real de esta para llamarla así. Nadie ha dado la cifra.
La pirámide antártica no es nueva: los medios ya la describieron en 2016
El detalle que desmonta buena parte del morbo es la fecha.
El asunto no es nuevo: se conoce desde hace años y en el hilo se enlazan artículos de IFLScience y CBS News de 2016. Volver a presentarlo como novedad, con foto y coordenadas, es reciclar un clásico de los días flojos de titulares.
Ese detalle es el que más ha irritado. No porque el tema no tenga su gracia, sino porque el envoltorio de novedad es innecesario: la formación es curiosa por sí sola.
La Antártida que nadie visita: vuelos restringidos y bases militares
El segundo combustible de la discusión es el acceso. Según sostiene un participante, el continente tiene restricciones para vuelos con pasajeros turísticos: solo lo sobrevolarían aeronaves y personal destinado a la investigación, como científicos y especialistas. Eso, para una parte del público, no es una anécdota sino una prueba:
si hay tanto control, algo habrá debajo de la nieve. Se habla de laboratorios militares y científicos, de una entrada a otro mundo, de que el continente está militarizado.
En la misma línea circula una afirmación histórica: que buena parte de la Antártida quedó bajo soberanía española por el Tratado de Tordesillas antes de que otros países se hicieran con el control. Y otra más exótica, la de que allí estuvo la capital del llamado primer imperio mundial.
Ninguna de esas afirmaciones viene acompañada de documentación en la conversación; funcionan como marco, no como prueba.
Miskatonic, Cthulhu y la herencia de Lovecraft
Conviene recordar de dónde sale todo este imaginario. La Antártida con pirámides, civilizaciones perdidas y algo oculto bajo el hielo es, en buena medida, literatura: las
Montañas de la Locura, la universidad de Miskatonic, el grito de
Tekeli-li. Las referencias aluden a ese universo y no a un informe geológico. También aparecen, cómo no, los partidarios de la Tierra plana con su propia explicación, y quienes pronostican que cuando la formación se derrita —si el calentamiento sigue— habrá que ver qué aparece debajo.
Ocurre, además, lo de siempre: en cuanto alguien aporta el dato de que es una montaña, se le reprocha aguar la fiesta. El papel de los expertos, reales o inventados, se convierte en el nuevo campo de batalla.
Con las coordenadas en la mano y el visor abierto, cualquiera puede decidir si lo que ve es una montaña con suerte o la punta de algo mucho más grande. La única pregunta que nadie ha respondido sigue siendo la más sencilla: ¿cuántos metros tiene?