Gestión laboral tóxica: el manager atrapado entre dos fuegos
Cada semana, cientos de mandos intermedios españoles viven el mismo callejón sin salida: un equipo que se desangra por la rotación y las bajas, un jefe que desoye cualquier consejo y la presión de cumplir objetivos con menos recursos. No es un caso aislado, sino un síntoma recurrente de una cultura empresarial que premia la inacción de los superiores y castiga a quien intenta remar.
La dinámica es casi de manual: el manager reporta a un superior recién llegado o enquistado, que se niega a optimizar procesos. El equipo, quemado, empieza a pedir bajas o a marcharse. El mando se queda cada vez con menos gente, intentando proteger a los suyos mientras su jefe ignora las propuestas de mejora. Quien ha pasado por esto sabe que el desgaste no es solo del equipo, sino también de quien intenta mediar.
Las tres salidas posibles (según los que ya lo han vivido)
Hay quien sostiene que la única solución viable es imitar a los subordinados y cambiar de empresa. El razonamiento es crudo pero realista: mientras el superior siga en su puesto, nada cambiará. La empresa no es propia, el coste de intentar arreglarlo lo pagas tú en salud y tiempo, y el mercado laboral ofrece alternativas. Esta postura, mayoritaria entre los que ya lo han sufrido, concluye que la lealtad mal entendida solo retrasa lo inevitable.
Otra corriente apuesta por una solución más quirúrgica: identificar a la persona que genera conflicto dentro del equipo —normalmente alguien con muchas bajas— y cortar por lo sano. La receta es fría pero directa: finiquito y a otra cosa. El problema es que no siempre hay un único foco de toxicidad, y a veces el verdadero problema está en la dirección.
Por último, está la vía del consulting barato: llenar al jefe de PowerPoints con sinergias, quick wins y semáforos en verde, aunque la productividad real haya caído un 60%. Si alguien pregunta, se dice que es una «desaceleración estratégica». Esta opción, vista con ironía incluso por quienes la proponen, solo alarga la agonía con capa de barniz corporativo.
El coste real de no actuar
Más allá de las anécdotas, el coste económico de la mala gestión es medible: rotación no deseada, bajas por estrés, pérdida de talento y caída de productividad. Según estudios recientes, reemplazar a un empleado cuesta entre el 50% y el 200% de su salario anual. Cuando el equipo se reduce a la mitad, el ahorro salarial no compensa la sobrecarga de los que quedan, que acaban también yéndose o quemándose. Es un círculo vicioso que solo se rompe desde arriba.
El drama del manager intermedio es que carece de palancas para cambiar la estructura. Puede influir en su equipo, pero no en su jefe. Y el mercado laboral, aunque ofrece salidas, no siempre las da de inmediato. Al final, la decisión se reduce a un cálculo personal: cuánto aguante antes de que la salud o la paciencia digan basta.
Predicción (con reservas)
Lo más probable es que, a menos que el superior se vaya o la dirección intervenga, el equipo acabe desintegrándose y el manager termine siguiendo el mismo camino que sus subordinados. La pregunta es cuándo, no si ocurrirá. Pero siempre cabe la remota posibilidad de que, en una reestructuración inesperada, el mando intermedio acabe heredando el puesto de su jefe. No es lo común, pero sucede. Hasta entonces, toca decidir si seguir protegiendo a los que quedan o poner la carta de despido sobre la mesa.