El fracaso del inglés en España: el mito del idioma fácil
¿Por qué los españoles no logran un nivel aceptable de inglés a pesar de años de estudio? Las cifras de los informes de competencia lingüística son tozudas: España ocupa puestos rezagados en Europa, muy por detrás de países con menos recursos destinados a la enseñanza de idiomas. El diagnóstico divide a los analistas: unos apuntan a la falta de exigencia social y a una supuesta «pereza» colectiva; otros señalan directamente al sistema educativo y a una metodología que no fomenta el uso real del idioma.
La enseñanza, bajo sospecha
Quienes defienden que el problema es estructural argumentan que el español no se enseña a través de la inmersión, sino con ejercicios descontextualizados y una gramática que poco tiene que ver con el inglés real que se habla en la calle. Un profesor australiano, citado en el debate, coincidía en que la distancia entre el inglés académico y el coloquial es abismal, mucho mayor que en otras lenguas. Además, la falta de exposición continua —sin necesidad de usar el inglés en el día a día— dificulta la retención, como demuestran los inmigrantes que olvidan su lengua materna si no la practican.
El factor actitudinal
En el extremo opuesto hay quien sostiene que el inglés es objetivamente más sencillo que el español: no tiene géneros gramaticales ni declinaciones, y su sintaxis es más lineal. Bajo esta óptica, el fracaso se debe a una baja exigencia social y a la ausencia de consecuencias reales —en el mercado laboral o en la vida pública— por no dominarlo. Se apunta a que la demanda de inglés en las ofertas de empleo es a menudo un requisito formal que no se verifica, y que los políticos y altos cargos rara vez lo utilizan, lo que rebaja la presión social.
La paradoja es que el inglés, idioma de piratas y comerciantes según la visión más crítica, se ha convertido en un requisito laboral ineludible. Mientras unos lo elevan a herramienta de movilidad social, otros lo degradan a imposición cultural. Lo único cierto es que, con los datos sobre la mesa, el sistema actual no funciona. Y mientras unos echan la culpa a los estudiantes y otros a los métodos, la brecha con el norte de Europa se mantiene. Quizá la respuesta no sea binaria: tal vez el problema sea que, sencillamente, no nos lo hemos tomado en serio.